domingo, 10 de diciembre de 2017

EL ÚLTIMO RETORNO ( Primera Parte )




¿ Qué impulso, qué vehemente y maravilloso impulso, lleva a Ignacio Sánchez Mejías, en la esplendida madurez de sus cuarenta y tres años, a dejar el relativo sosiego, sin peligros físicos, de una existencia burguesa y placentera para lanzarse, en aquella prometedora primavera de 1934, al ejetreo, incierto y alborotado, con evidentes riesgos, del planeta de los toros ? Pretextos pueden citarse
varios : razón poderosa quizá sólo una. En los mentideros taurinos - en las tertulias de Sevilla, Jérez, de Madrid..... se habla de los quebrantos de su economía particular, afectada, por la crisis desencadenada en el país.
La afición taurina, un tanto adormilada, se anima con la vuelta a los ruedos de Juan Belmonte y el Gallo, Ignacio comprende que ha llegado el momento.
Y también se decide.
Tras la resurrección de Rafael, hizo el paseillo Juan Belmonte, y seguidamente Ignacio anunció su retorno de modo oficial. Naturalmente se multiplicaron las preguntas : ¿ Por qué vuelve ? " ¿ Está, realmente, en condiciones, a sus cuarenta y tres años, para arrastrar el peligro de la lidia ?" Era verdad que las finanzas del torero estaban maltrechas, que necesitaba reponer su economía para poder salvar del posible naufragio Pino Montano y todo lo que ese nombre significaba. Pero Ignacio sentía también el tirón de los aplausos, el halago de las sonrisas de las mujeres guapas ; el atráctivo de la popularidad, si no perdida del todo, casi disipada. Había probado el sabor de otros homenajes - su indudable éxito como autor teatral ; la amistad de los intelectuales.....- pero no podía prescindir del clamoreo de los tendidos ; de la tertulia animada en el cuarto del hotel, cuando la tarde había sido de éxito.
El 23 de julio de 1934, en el hotel Cristina, de San Sebastián le hizo una entrevista en ABC, Eduardo Palacios Valdés que no se publicó hasta después de la muerte del torero, por el cornalon de   "Granadino ", en Manzanares.
Le decía Ignacio al periodista : Estaba gordo y casi calvo. Se sometió a un duro entrenamiento  anduvo con una azada cavando en su finca de Pino Montano, vestido con el traje de torear ; se le vio en el Retiro madrileño, haciendo marcha atlética, junto a Alfredito Corrochano, y hasta su salud se requebrajo. Pero al fin, pudo meter su cuerpo en la funda de seda del dorado " uniforme " que le hizo Pepe Manfredi, el sastre de los toreros.
- Has vuelto a los toros, Ignacio - le decía Palacios Valdés -. porque te aburrías ; has vuelto por todo este estrépito. Ya lo has visto esta tarde en San Sebastián. Las misses del concurso del Kursaal no
tenían ojos más que para tí.
- El porqué me visto otra vez de luces no lo sabe nadie, Eduardo. Nadie. Aquí estamos dos hombres. Uno va a hablar ; el otro, a escuchar y ..... ¿ a callar ! ¿ Estamos ?
Hizo una pausa Ignacio, y continuó :
- Mi ilusión es Joselito. ( Se refería a su hijo, que luego en los ruedos, usaría el nombre compuesto de José Ignacio ) No ha cumplido aún dieciseis años y tiene dentro del cuerpo el veneno de los toros. Discretamente he querido apartarle de ese camino, sin reparar en medios. Cuando me retiré hace siete años, se dejó de hablar, en casa, de toros ; me hice aficionado al fútbol, presidí el Betis ; llevé al chico a todos los partidos.... Pero todo ha sido en vano.
Por la memoria del torero debieron pasar, en rápida sucesión, sus sacrificios económicos para que su hijo José y su hija María Teresa y su sobrino Pepito, al que quería como a un hijo cursaran estudios en Suiza, donde podían practicar los más diversos deportes.
En Pino Montano, montaron porterías para crear un equipo de fútbol. Allí estuvo Alfredito Corrochano con la idea de crear el mencionado equipo, pero un día debió descubrir una muleta y comenzó a torear de salón. Ignacio se llevó una sorpresa cuando descubrió a Alfredito y a su hijo José lidiando, mano a mano, en la plácita de la finca, con el carromato. " Pero.... niño....¿ que es
esto ? Y que le voy a decir ahora a tu padre ( don Gregorio Corrochano ) ( Alfredito, desde aquel día, ya no tuvo más ilusión que torear )
Ignacio reanudó " su " historia.
- Supe un día que Joselito andaba por los tentaderos como un maletílla sin padrino, jugandose la vida. Le recriminé cariñosámente. Decía que quería ser matador. A los toros, le dije, no se acerca uno más que por el dinero. y tú lo tienes. Es menester, hijo, acabar con esa chaladura. Tu misión es viajar, divertirte, trabajar en mis negocios, ser útil. " Papá, yo haré lo que tú quieras, ahora y siempre, pero a los toros se va también por afición. No pude replicarle. Entonces decidí, desesperado, hacer una prueba. Hable con los hermanos Miura, y les pedí un novillo para Pino Montano. Cuando me lo enviaron, le dije a mi hijo : Coge un capote, tú y yo vamos a torear un becerro sin que se entere nadie. Joselito lo lidió de manera formidable, hasta que en un descuido, el bicho lo atrapó y lo revolcó. Le hice el quite y me dijo : Ya ves, papá, como también puedo con estos becerros. " Pero tenía una clavícula rota ".
No se quejaba. Su padre le explicó :
Ya ves lo que hacen los toros. Y esto no es nada.. Mira este muslo - le descubrió la cicatriz de la cogida grave de quince años antes, y mientras mi mujer era ajena a cuanto había pasado en la plácita de Pino Montano, que yo sembre un día de maíz, para que no sirviera de redondel taurino, y no podía ni sospechar las angustias que le esperaban si Joselito se salía con la suya.
Ignacio, tomó esta resolución : Si algún día tiene que llegar a esta casa un hombre destrozado por los cuernos de un toro, que sea yo, y no el hijo de esta mujer que, por otra parte, conoce bien las angustias y las amarguras del toreo ( La mujer de Ignacio era hija de torero y hermana de Rafael y Joselito " El Gallo " ).
Ignacio, expresó al periodista su esperanza de que otra ilusión - un amor, por ejemplo - pudieran acabar con el gusanillo del toro. Al fin y al cabo, no sería el primero en cambiar de opinión ; tantos otros desistieron ante las primeras adversidades.
Decidida ya la vuelta a los ruedos, Ignacio pensó, primero en la feria de julio de Valencia. Recordaba las tardes de triunfo, y esperaba reverdecer sus laureles ante aquella afición.
Propuso torear tres tardes, dos de ellas, en carteles donde entrara Domingo Ortega, considerando que era el espada de más cartel en ese momento. Pero los excesivos entrenamientos agotadores quebrantaron la salud de Ignacio, y éste, aconsejado por sus mentores aceptó empezar a un ritmo más tranquilo. Por lo pronto. eligió para su reaparición la plaza de Cádiz, y como fecha 16 de julio de 1934. A la hora de comenzar el festejo sopla, con furia, el levante. Por la mañana, Ignacio baja a la playa de la Victoria, en bañador, en compañía de su amigo José Bello. Éste para aliviar el presagio del molesto ventarrón, argumenta : A lo mejor esta tarde cae un poco. No se inmuta el torero. " Si....., a veces ocurre eso ".
En el cartel Ignacio, Cayetano Ordóñez y Pepe Gallardo, un torero de la tierra, los toros de Dómecq.
Ignacio tuvo una tarde triunfal, cortó las orejas en sus dos enemigos.
De Cádiz saltó Ignacio a la otra punta de España a San Sebastián, donde el 22 de julio se celebra la corrida de la Prensa. Se anuncian toros de Concha y Sierra, y, como compañeros de cartel, Rafael " El Gallo " y Domingo Ortega. En el quinto obtiene Ignacio las orejas y el rabo. La prensa dice : " Ignacio vuelve con el mismo valor de siempre, y además con mejor estilo artístico.
El 5 de agosto despachó una corrida de Coquilla en Santander alternando con Victoriano de la Serna y Félix Colomo. Tuvo una tarde completa en todos los sentidos, en ABC de Madrid, titularía su crónica : Así lidiaba Joselito. Cuatro orejas y un rabo se ganó aquella tarde.
Sólo a punto de abandonar la plaza, y desde lejos, la descubrió Sánchez Mejías a Marcelle Auclair, y por señas se disculpó de no haberla encontrado antes. Pero tenía tanta prisa ; debía salir para La Coruña aquella misma noche. Y no podía entretenerse.
( Continuará )






lunes, 20 de noviembre de 2017

JUAN BELMONTE ( Anécdotas)



Hoy les traigo anécdotas en la vida del Pasmo de Triana.
En las dos reapariciones de Belmonte, la influencia del empresario Eduardo Pagés no fue determinante - a pesar de las sustanciosas ofertas que le hizo -, como tampoco lo fue la del torero retirado Ignacio Sánchez Méjias, cuando le achuchaba para que se decidiera a acompañarle en su eminente vuelta a los ruedos : Ignacio - decía con acento romántico - muere en casa, no en la plaza. Joselito está más vivo que Belmonte y que yo, que nos retiramos cobardemente a casa. De hecho, no se sabe quién de los dos pudo influir más en él, pero dándole vueltas llegas a la conclusión de que el torero tuvo, su mayor influencia.
Decía Belmonte entonces :
Me convencí en pocos meses de que no era capaz de resignarme a aquel bienestar burgués que consiste en ver girar el sol sobre la cabeza, bien comido y bien descansado. La lealtad de mis sentimientos se impuso. Yo lo que quería era seguír siendo torero. Pero me costaba decidirme porque consideraba poco serio volver a los ruedos después de haberse uno retirado.
Pero un hecho le ayudó : al recibir de la capital peruana - donde precisamente había anunciado solemnemente su retirada - una oferta en firme para torear siete corridas de toros, en un año de celebraciones por el centenario de su Independencia, justificándose ante sí mismo como si de un acto " condescendiente " se tratara, decidió finalmente cruzar el charco. A la vuelta, después de   "complacer " a los limeños, justo al desembarcar en Lisboa se encontró con un viejo amigo : Eduardo Pagés.
Este personaje catalán, estaba dotado de una visión especial para los negocios : según el profesor Santainés, un águila en el manejo de los números.... Así, después de hacer sus pinitos como torero, escritor y revistero taurino - " Don Verdades " era su seudónimo - , se mete en el mundo del negocio taurino.
Pagés, con su fino olfato, fue el primero en crear ese mundo empresarial basado en las " exclusivas ", con el fin de controlar mejor las riendas y entresijos del negocio taurino. El primer aldabonazo que dio fue con la firma - consistente en un simple apretón de manos - de una exclusiva con Belmonte de veinte corridas a 20.000 pesetas cada una. Esa cifra se vió incrementada a 25.000.
Fueron tres temporadas duras, pues sin Joselito todo el peso recaía en él. Además un año antes en 1924, había adquirido una nueva responsabilidad : la de ganadero de reses bravas.
Esa nueva faceta de Juan que la inició en una dehesa en Ronda, le 
 sirvió para descubrir una actividad que llegaría a apasionarle, la de garrochista, que práctico luego en su finca de Gómez Cardeña hasta la última mañana de su vida.
Con lo que el maestro trianero ganó en una sola temporada, tras su reaparición, compró Gómez Cardeña, el 7 de agosto de 1934, por la cantidad de 535.000 pesetas, tenía mil trescientas noventa y una hectáreas.
Ese toreo de Belmonte no fue pues fruto de nada que no estuviera vinculado a su espiritualidad. Parece pueril creer que un hecho de esa naturaleza pudiera surgir como consecuencia de un problema de carácter estrictamente corporal..... Quizás esa creencia pudo alimentarla aquella célebre anécdota en la que uno de esos tipos que merodean por todas partes, que lo " saben todo " pero no se enteran de nada - y menos se había enterado de ese nuevo concepto que Belmonte estaba aportando al toreo -, le preguntó al maestro, en una de sus tertulias :
- ¿ Me podría explicá cómo se las compone uté pa toreá si apenas pué corré....?
- Pues mire, comparece : haciendo que quien corra sea er toro....
Como dijo el " Guerra ", a los pamplinosos, pamplinas.
Belmonte rompió con las tradiciones de vestirse con trajes bordados en oro : un buen día le encargo a su sastre un traje negro bordado en plata, que, justamente, habría de ser el más emblematico de cuantos tuvo.
Transcurrido algún tiermpo, una tarde qie estaba anunciado en los carteles, después de la siesta de rigor antes de la corrida, entró su mozo de espadas en la habitación del hotel - el peor momento del día, según algunos diestros -, para advertirle con delicado respeto : Es la hora, maestro.
Levantado y aseado, se percata Juan de que el terno que tiene preparado en una silla es el bordado en plata, y después de unos instantes de comtemprarlo callado, como insimismado o ausente, le dice a su mozo de espadas : " Esta tarde no me lo voy a poner Antonio ; escoge otro ".
Surgen de los recuerdos del maestro, aquellas frases de su vida profesional, " conturbado y
vacilante ", en las que no se sentía bien predipuesto para torear, y que algunos partidarios suyos y cierta parte de la crítica sabian muy bien que contra eso no podía luchar, don Gregorio dijo de él en relación a este punto : Belmonte es un torero de rachas. Cuando se desconfía sigue desconfiado varias corridas ; luego cuando recupera el sitio ya no lo pierde hasta que llega la causa que otra vez le haga desconfiar.
Al levantarse aquella tarde de la siesta, sabía perfectamente que se encontraba en plena " mala racha " y que difícilmente podría trasmitir nada a los tendidos por más que lo intentara. Por contra, una vez superada esa racha y entraba en la " buena ", el día que más pletórico se sentía y quería vestirse con él, su mozo de espadas corría a comunicarlo a la cuadrilla : " compares, hoy ha pedió er traje de
plata ".
Pero ¿ qué extrtaño vínculo tenía ese terno bordado en plata con su dueño ? ¿ acaso reflejaba ese claroscuro del traje los contrates que conformaban su personalidad ? Es posible que ni él mismo lo supiera.
Fuera como fuere, y sin que hubiera una explicación racional ante el poder mágico que adquiriría su figura cuando se presentaba con ese vestido, parecía realmente que el color de su bordado estuviera vinculado con los rayos plateados con que la luna alumbró al espíritu de Tablada.
Varios de los grandes triunfos de Juan los consiguió vistiendo ese terno ; el principal el 21 de junio de 1917, en Madrid, alternando con Joselito y Gaona. Zuloaga lo inmortalizó en un retrato que le hizo al maestro.
Un hecho insolito, rayando lo misteriooso, tuvo preocupado durante mucho tiempo a Belmonte : su primer caballo. Lo cierto es que un día, emprendiendo de repente un velocísimo galope hacia una tapia, se estrello en ella quedando muerto en el acto. Después de recordar este suceso, acuden a su mente dos hechos acontecidos años atrás, que muy bien podrían entrar en el campo de la parapsicología. Uno de ellos sucedió cuando al observar desde lejos a un amigo que se alejaba andando por la calle, le ordenó mentalmente, que se detuviera. Al instante, el amigo vaciló, para finalmente quedarse quieto en la acera. Después de aquello, se preguntaba Juan, si su primer caballo tomó aquella drástica decisión : ¿ estaría yo pensando en esos momentos en suicidarme, como tantas veces me rondó por la cabeza...? ¿ acaso interpretaría aquel noble equino esos pensamientos como una orden o creyó que debía solidarizarse con su amo ?
Mucha  gente decía Juan, creía que yo necesitaba un toro para triunfar, cuando en realidad muchos de mis grandes triunfos los tuve con toros que nadie, ni los mismos toreros que alternaban ese día conmigo esperaban que hiciera nada. Mis problemas no tenían nada que ver con el toro que lidiaba, sino con " otro " que llevaba dentro.
Esos problemas respondían a sus acusadas alteraciones de ánimo. Tenía entonces algo muy concreto en que refugiarse : la lectura.
Por culpa de esa afición, una vez cometió una falta impropia de una figura como él. El maestro reconoció que era cierto lo que dijo Corrochano, delatándole ; la tarde que no me presente en Madrid por prescripción facultativa, en realidad fue por quedarse en el hotel terminando de leer la novela El Sr. Bergeret, de Anatole France. Contaba Juan la cara que puso su mozo de espadas cuando se lo dijo a medio vestirse de torero. Creyó que estaba tarumba.
El verdadero problema que tuvo Juan con la lectura fue cuando, en sus momentos anímicamente bajos, los libros que escogía no le ayudaban a remontarlos. Uno de estos libros, una obra de 
D`Annunzio, que tenía según él, un " morboso encanto ", le provocó más desequilibrio aún del que tenía, y le activo la predisposición que tuvo siempre de acabar con su vida.








sábado, 28 de octubre de 2017

DON EDUARDO MIURA FERNÁNDEZ ( SÉPTIMA PARTE )



En la fotografía don Eduardo a caballo con sus hijos Eduardo y Antonio José, que desde su muerte dirigen la ganadería.

Los toros de Miura fueron los causantes de la úlcera que a don Eduardo atormentó toda su vida, a tal extremo que, como su padre y antes que él su abuelo, renunció a ir a las plazas para ver sus corridas. Durante toda una vida, don Eduardo cultivó la imagen severa de su ganadería intemporal, luchando a contracorriente, sobrellevando la asfixiante cruz de la muerte de su amigo Manolete, solo en su cortijo de Zahariche; hasta que sus hijos Eduardo III y Antonio José, tuvieron la edad de compartir con él las responsabilidades.
Siempre vivió en Zahariche. Como su padre y su tío, no salía casi nunca. Después de casarse tenía la costumbre de ir a Sevilla en la feria de abril.
Nunca fue más allá de Madrid,  a donde tuvo que trasladarse debido a sus responsabilidades con la Unión de Criadores de Toros de Lidia.
En realidad no salía nunca, al igual que su abuelo, quien cuando quería verse con su gran amigo el Duque de Veragua, le daba cita en la estación de ferrocarril más próxima.
A sus toros dejó de ir a verlos lidiar cuando su úlcera comenzó a manifestarse. Varios días antes de cada corrida ¡ era como si le hubieran metido sus toros en el estomago ! ¡ Por eso la llamo la úlcera de los toros ! Su padre dejó de ir a la plaza por la misma razón.
El Viti se hizo anunciar en 1964, en Linares, a pesar de los consejos en contra de su apoderado, decía : " para tener algo que contarles a mis nietos ". Y le cortó el rabo a " Zabaleto " de Miura.
Lo que le incita a anunciarse de nuevo frente a los miuras en Madrid, el 25 de mayo de 1965. Pero ese día los toros de Zahariche se mostraron intratables.
Los que tuvieron la suerte de ser recibidos en Zahariche, se acuerdan de la pulcra cortesía del ganadero, quien, a la hora de la cita, esperaba de pie a sus visitas delante de la entrada del cortijo. En su soledad, un solo amigo, casi un hermano, Pepe Luis Vázquez, tan silencioso y discreto como él. Pasaban horas juntos sin intercambiar palabra. El maestro iba a tentar, a ver las camadas, Zahariche era su casa. Se apoyaban mutuamente, cada uno conocía a la perfección las alegrías y las penas del otro. De los toros de su amigo, sin duda el maestro Pepe Luis quien mejor ha hablado, aquel 30 de enero de 1991, en que la Maestranza decidió festejar los cincuenta años de don Eduardo a la cabeza de su ganadería, y sus 50 corridas lidiadas en Sevilla : " Los toros de Miura han ganado en humanidad desde que don Eduardo II los selecciona. El Teniente de Hermano Mayor descubrió un azulejo colocado en el mismísimo palco de los Maestrantes, " para que su nombre y el de su ganadería permaneciera para siempre junto a los mismos. Muy emocionado, don Eduardo dedicó este homenaje a todos sus ancestros, " por sus esfuerzos, sus luchas y sacrificios para hacer perdurar la ganadería.
Y cuando por la tarde se instaló con su esposa en el palco de honor de los Maestrantes, el coso del Baratillo estalló en una ovación unánime y la música comenzó a tocar. Fue una de sus últimas apariciones en público. Ese homenaje lo conmovió mucho.
Don Eduardo tuvo la responsabilidad de mantener una ganadería durante cincuenta y cinco años que atraía sobre sus toros todas las miradas.
A pesar de ello nunca se desalentó. Paso tragos muy amargos. Hasta revolotearon por su cabeza ideas drásticas de hacer desaparecer el hierro. Posiblemente el recuerdo de sus mayores pesaría demasiado para aceptar esos repentinos pensamientos.
Comentaba don Eduardo que el trabajo diario y la dedicación eran primordiales. Para que una ganadería funcione hay que cuidar al máximo los detalles. En su juventud acompañaba a su padre y a su tío a echar de comer el pienso a los toros todas las mañanas.
Desde ese detalle hasta el buen trato con las empresas, todo tiene un gran valor.
Nunca se está satisfecho del todo. Lo único que puedo decir es que pongo ilusión, cuidado y esmero en hacer bien las cosas. Lo que decía que le complacía es el buen trato de los aficionados dispensaban a su ganadería: ese es mi éxito y, con ello se sentía bien pagado.
Ganadero por tradición y afición. Una vida enteramente entregada a la ganadería.
-¿ El ganadero nace o se hace ?- Yo creo que lo que hay que tener es mucha afición y aguantar, aguantar, para soportar todos aquellos reveses que uno tiene. No desesperar nunca y si hay que volver a empezar, pues volver a empezar, porque es muy duro el tener que ir muchas veces contra corriente.
Yo la tengo por tradición. Nací en una familia de ganaderos y no he visto otra cosa más que el campo, las vacas y los toros y, además, puede decirse que casi no he salido de esta región andaluza, entregado a lo que heredé de mis antepasados.
Los informes diarios me los facilita el conocedor, aunque mis hijos, Eduardo y Antonio José, si presencian las corridas y las supervisan.
Don Eduardo tuvo cinco hijos, dos varones y en medio tres hijas.
Tenía doce nietos.
-¿ Cuantas reses en total tiene ?
Dispongo de 800 cabezas de ganado entre vacas,añojos,erales,utreros y toros. Mantener estas reses en los años de sequía ha sido terrible, ya que además de echarles de comer teníamos que traer el agua en cubas, con los tractores, desde catorce kilómetros. En la temporada de 1986 solamente lidié once toros.  Esto ocurrió como consecuencia de la sequía de 1982 que padecimos todos los ganaderos. Todas las camadas fueron cortas, porque parieron pocas vacas y herramos pocos becerros.
-¿ En la brega con los toros tiene que tener mucho cuidado ?
- Ya lo creo. Hay que andar muy despacio, con los caballos al paso y pararse mucho. Sin forzar. Casi de puntillas.
Con esa dificultad, ¿ le han dado muchos sustos los Miuras en el campo ?.
Don Eduardo sonríe.
Realmente he tenido muchos percances. Uno de los últimos fue el más imprevisto. Estaba echando un cigarro en lo alto del caballo, muy cerca de un toro que me miraba indiferente, como aburrido. Permanecí allí lo que duró el cigarro, cuando de pronto oí el grito de un vaquero. Gire la cabeza y pude contemplar, horrorizado, que se me venía encima como un tren. Menos mal que aún me dio tiempo a picar espuelas. Me llevó corriendo mucho rato. Me libre de milagro. Y es que de cuando en cuando los Miuras se acuerdan de mi abuelo, el de las patillas.
El sacrificio diario es algo fundamental. Así lo vi en mis antepasados y así lo he querido plantear a mis hijos. A pesar de que hay muchos momentos duros y costosos, tienes la íntima satisfacción de tener la profesión más bonita del mundo.
-¿ Qué criterio sigue para la elección de sus sementales ?
- Aparte de que el toro tiene que poseer unas cualidades determinadas, lo primero que hacemos es buscar los antecedentes familiares, de la madre, de la abuela, de la bisabuela, del padre. Si su ascendencia, la reata, es positiva
-¿ Cuantos sementales tiene ?
- Oscila de los siete a los diez.
-¿ Que le aconseja usted a sus hijos Eduardo y Antonio José sus continuadores ?
Ya saben mucho. Como además llevamos años en el campo  juntos, ellos ven la manera de seguir. Eso es mejor que ningún consejo.
Además, en la finca trabajan, dos o tres personas cuyos bisabuelos trabajaron en la ganadería.
-¿ Como recuerda el homenaje que la Universidad Complutense de Madrid y la Unión de Abonados de Madrid le rindió. ¿ Como aguantó lo aguantó ?
- Pues mire, tengo unos excelentes recuerdos de ese homenaje. Fue inolvidable.
-¿ En que momento se emocionó más ?
- Sin duda cuando tuve que recordar a mi padre a mi tío José.
-¿ Hay algo, don Eduardo, que quiera añadir.
- Que son muchos años ya. Estoy bien. Monto a caballo con setenta y ocho años. Sin embargo, ya me canso algunas veces.
Falleció don Eduardo el 27 de julio de 1996, a los 82 años, el periódico ABC al día siguiente le dedicó su primera plana.
(Continuará )



Don Eduardo Miura Fernández con su hijo Antonio José en la puerta de la plaza de tientas.