miércoles, 17 de noviembre de 2021

UN PASEO POR LA TAUROMAQUIA ( CAPÍTULO 1 )


 


La generación del 98 y el cante hondo. Los intelectuales europeos del pueblo castizo. La literatura en los toros de Vicente Blasco Ibáñez, los toros en la literatura de Juan Belmonte : Éste es el resumen de lo que a mi tema atañe en la primera década de nuestro siglo. La honda preocupación de Joaquín Costa y las crónicas de " Don Pio " donde se podían leer frases como esta : " Para que Bombita llegue a ser tan bueno Como Joselito se necesitaría que aquél volviere a nacer, y con él y empalmados con él, viniesen a este mundo 3.700.539 Bombitas ". Este es el momento de la aparición de Juan Belmonte y del cambio de rumbo del toreo.

La generación del 98 está casi en masa contra los toros. El movimiento ideológico de esta generación que pretende  sacudir a España de su marasmo secular, europeizarlo y " cerrar " el sepulcro del Cid bajo siete llaves, no puede aceptar una fiesta tan alejada del espíritu del momento. Así, pues, no es de extrañar que el ataque verdaderamente serio que han vuelto a sufrir los toros desde Jovellanos procedieron de esta generación. Abrió el fuego Joaquín Costa atronando desde el Ateneo de Zaragoza con verbo mesiánico ; el espectáculo de una multitud inconsciente que se dirigía a los toros en una enorme riada a aplaudir a Guerrita la misma tarde en que nuestra escuadra se hundía en Santiago de Cuba.

Apenas se encuentra un autor en la generación del 98 que defienda los toros : Antonio Machado los ataca, Baroja y Benavente los ignoran, Ramón y Cajal los odia, Ruben Darío los considera bárbaros, Vicente Blasco Ibáñez los repele. La Institución aconseja a sus alumnos que no asistan a los corridas. Eugenio Noel, por los años 1911 y 1913 recorre España en peregrinación antitaurina.

Pero nada puede contener la afición que se desencadena a raíz de la pugna de Joselito y Belmonte. En aquel momento asiste mayor número que nunca de espectadores a las plazas,. El público frecuenta los toros como nunca y gracias al viraje de esteticismo que imprimen Joselito y Belmonte a la Fiesta, incluso muchos intelectuales asisten a los toros impresionados por la belleza plástica, prescindiendo de su ideario. Tal es el caso, por ejemplo de Ramón Pérez de Ayala o de Valle Inclán, la generación posterior - universitaria y nacida en la " Institución ", ya no se planteará ningún problema de tipo ideológico ante los toros, para los que reserva una admiración estética marcadísima : Bergamín, García Lorca, Rafael Albertí, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Villalón.....

En lo que se refiere a la pintura, los pintores, a partir de Sorolla, quedan seducidos por la revelación de luminosidad de los toros. Así Ramón Casas tiene una plaza de Olot con una luz estallada y candente que puede contarse entre los mejores cuadros de este gran pintor. Así también Darío de Regoyos, cuya versión de la luminosidad norteña es de los aciertos más exquisitos de la moderna pintura española, está Roberto Domingo, cuyo delirio romántico ha desembocado con avasalladora pasión en los colores de la Fiesta con una captación certera del movimiento y una elocuente facilidad por el color.

No se puede dejar de mencionar a Julio Romero de Torres, Zuloaga, Solana, Picasso, Vázquez Díaz ...., son en, diferentes escalas, los grandes pintores españoles contemporanáneos que reflejan en sus obras aspectos del toreo, Zuloaga pintó en sus cuadros a muchos toreros.

El toreo está por este tiempo en su apogeo. Joselito y Belmonte. Al llegar a las dos grandes figuras de esta época, se impone un paréntesis reflexivo. Hasta 1913, fecha de la aparición de Belmonte, el toreo ha sido una lucha ornamentada, una fiesta de la muerte del toro. Es duro tener que decir que la muerte  de los toros era una fiesta para los españoles. También será duro tener que confesar que, a partir de Belmonte, es sólo un espectáculo.

En los anales de la Fiesta existen faenas de una inmortal brevedad : una de Cayetano Sanz en su glorioso declive que, el 2 de junio de 1875, erguido y majestuoso en medio de la plaza dió nueve pases naturales y un volapié hasta la mano. La profunda y brava faena de Joselito en la corrida de 1916 : siete naturales, un ayudado y un soberbio volapié. Estas faenas reputadas como modélicas en su momento, hoy no serían admitidas. Hoy se necesita una faena de muleta dilatada, llena de emoción y plasticidad. Entonces importaba el toreo de capa, la variación en los quites, la alegría en las banderillas, la eficacia con la muleta, la dirección de la lidia y la estocada. Hoy interesa la depuración plástica y emocional y faenas largas de muleta. Lo demás es adjetivo. Algo ha pasado pues : ha pasado Juan Belmonte.

Con ello no pretendo señalar que Juan Belmonte, torero inteligente y con una personalidad insuperada en el toreo, sea el único responsable del viraje del público. Cada época tiene su manera de ver las cosas, su propia retina.

Así pues, los toros, están sometidos a una variación continua, ligada con los gustos de cada época, con la moda, la literatura, el teatro con todo lo que representa el índice visual de una generación. Cuando llegó Juan Belmonte ya se preparaba un cambio total : en los toros, Antonio Montes, el propio Rafael " El Gallo ", Joselito, iban aportando al toreo nuevos elementos que tenían, por su valor emocional, otros por su calidad plástica y desembocar en un nuevo estilo. Al encontrarse con la personalidad de Belmonte este nuevo estilo surgió  con un ímpetu huracanado. Gracias a esta personalidad única, va una distancia infinita de Joselito a Manolete, de Vicente Pastor a Domingo Ortega, de Rafael " El Gallo " a Cagancho ; Belmonte imprimió a este cambio sus necesidades convertidas en arte y ésta es su significación en la historia del toreo.

Eran dos mundos distintos. El público asistía antiguamente a las plazas de toros para ver un espectáculo total : tos de turbulenta casta, caballos despanzurrados, toreros valerosos, problemas de lidia que ofrecían la madurez y la fuerza crecida en el transcurso de la brega. Iban a ver eso : todo el valor, el desplante en la estocada, el color, la luz y todo lo que tiene de drama la sangre sobre la arena.

Hoy el público asiste a las corridas con un criterio totalmente distinto : Va a gustar de los naturales de tal torero, del estilo de capote de aquel otro y del arte con las banderillas.

Como era lógico, la innovación belmontina pedía un cambio radical de las condiciones de la Fiesta : una estilización de la bravura del toro, una variación de las técnica de las suertes. Los toreros los ganaderos y el público vivieron unos años difíciles. De 1917 al 27 hay una cantidad de víctimas : desde Florentino Ballesteros al Litri......  Posterior a Belmonte, el toreo a una mano se agota, la verónica se va depurando hasta colocarse de perfil el torero, los quites desaparecen paulatinamente, el repertorio de muleta se estiliza. Las ganaderías se esfuerzan en mejorar la bravura, se suprime el peto a los caballos.

El problema del toreo antiguo era un problema de técnica : la manera de preparar a un toro con toda su fuerza,  con la mayor elegancia y vistosidad posibles, para morir según unas reglas inmutables. Era todo el toreo de poder a poder, para usar un símil taurino. Por ello tuvo un aire de fuerza, de sangre derramada, de sol y de fiesta.

" Se han acabado los toros ", dijo " El Guerra " a la muerte de Joselito " El Gallo ". Los enterraba Belmonte cuando un toro sacaba del bolsillo con las astas el pañuelo al encerrarse en la trágica trampa de un molinete de los suyos, duraba seis segundos permitiendo a un fotógrafo sacar dos placas de aquella suerte. Al toro le hizo Belmonte dos cosas para acabar con él como protagonista de la Fiesta : reducir el espacio a la vez que multiplicaba el tiempo en las suertes y agarrar por la mazorca del cuerno, por primera vez, a un toro berrendo de Miura. Pero Belmonte lo hizo con aquellos toros ; y los que vinieron luego, por no querer o no poder, han traído toros a su medida.

Aquellos toreros palpitantes, con un mechón de cabellos mojándoles los ojos, se acaban con Joselito "El Gallo ". Joselito fué el último gran torero de la Fiesta. Ha sido su personalidad más completa. Y al decir completa no me refiero solamente a su repertorio y a su técnica. Su figura tuvo un aliento de romance, una sugestión inolvidable. A su lado la personalidad de cualquier otro torero enmudece. Ha sido el héroe perfecto, la juventud invencible hasta la cogida única y fatal. ( Continuará )





 



sábado, 30 de enero de 2021

LA PERSONALIDAD DE UN TORERO


 


El recuerdo de Juan Belmonte perdurará, entre otras cosas, porque su personalidad como ser humano fue tan sorprendente como su personalidad como matador de toros.

- Juan fue una " rareza " desde muy chico - el viejo torero malagueño Paco Madrid, comentaba que conocía bien a Belmonte porque habían rodado juntos por las capeas en sus comienzos difíciles.

- Era raro en todos los sentidos - ¿ Que diría usted que llevaba, cuando era novillero, entre las espuertas con los trastos de torear ? ¡ Pues otra espuerta llena de libros ! Leía en el tren, en las posadas de los pueblos, en las enfermerías de las plazas y hasta en los calabozos de los pueblos donde alguna vez les metieron ciertos alcaldes.

Muchos se empeñaban en que a Juan le habían hecho ilustrarse los escritores que empezaban a encapricharse por aquel toreo tan raro que hacía él. Pero eso no es cierto. Antes de tratarse con ningún intelectual, Juan lo era ya de vocación. Lo primero que hizo en cuanto empezó a ganar dinero fue comprarse una biblioteca y poner en su casa un cuarto de baño. Nunca se ocupo de tener buena ropa. Pero un torero más bañado y más leído no lo hubo ni lo habrá.

Juan Belmonte, a los dos años de edad, con la muerte del " Espartero " mamó esa gran verdad expresada por Pepe Luis Vázquez : la muerte acompaña a los toreros. Pero cuando a los siete la vio con sus propios ojos en un hombre ahorcado, y a los ocho tuvo que contemplar desde un distante rincón de la casa - pues no le dejaban acercarse a ella - el perfil de su madre muerta, que las vecinas amortajaron con las trenzas sueltas, descubrió el verdadero e inexorable sino de la vida ; la muerte acompaña a  todos por igual.

Mientras hoy gran parte de la sociedad, materializada y falta de valores, pretende ignorar la muerte, los toreros conviven con ella, la presienten, y saben que está cerca o agazapada en cualquier rincón para saltar inesperadamente, porque, en definitiva, donde hay toro hay muerte.

En relación a esta suprema verdad, ese niño trianero - escogido para ser " algo " más que un maestro en tauromaquia tuvo su primera experiencia a los dos años, la vio a los cinco o seis, la comprendió a los ocho, y quiso ser partícipe de ella en la conjunción de dos atardeceres : el de un día de abrileño y el de su propia vida, porque en esa confluencia su encuentro con el sino común de los hombres había sido marcado por su destino, quien sabe si bajo el influjo de la primera estrella que aquella tarde brilló expectante bajo el firmamento de Gómez Cardeña, o de otra que, respetuosa, prefirió no asomarse.

A Juan, le gustaba acudir al campo charro a tentar :

El campo estaba helado. En la placita de tientas brillaban pequeñas lágrimas de agua y diminutos carámbanos.

Belmonte dijo a un sobrino del ganadero : " Ponte allí ", sin más. Y le señaló un burladero.

Soltaron la primera vaca, Juan le dio unos capotazos para sujetarla. Cuando la hubo fijado se fue hacia los medios y , levantando la cara, buscó con la mirada al chaval en el burladero.

" Tócala,  que llegue hasta las tablas, pero sin estrellarla ", añadió.

El sobrino del ganadero salió muerto de miedo, no por la vaca, sino por si le fallaba el tino de la acción. Cumplió bien. Y cuando después de escurrirse tras el burladero, sacó a medias la cara, vio a Juan que, en los medios, alzaba el capote llamando a la vaca para que viniera desde largo.

Se arrancó la vaca. Pero Juan no espero a que llegase para sacarle el capote hacia fuera, como dicen las viejas Tauromaquias, y como el sobrino esperaba que hiciese. No. Desde un momento antes de que entrara en la jurisdicción, ya Juan tenía el capote perfectamente cuadrado y la recibió en él sin violencia alguna - sin " toque " - , embebiendo, graduando con los brazos y con la cintura el mando, para llevarla primero un poco hacia fuera y, después ya pasado el punto de coincidencia con el torero, determinadamente hacia adentro. La muñeca del lado de la salida giró con gozne, para prolongar el lance, mientras la intención toda de la figura " se mecía " - ésta es la palabra -, en una rotación magnífica, haciendo progresar la suerte, precisamente en redondo.

Ya el terreno correspondiente a la espalda del torero, cuando éste, que había ido adelantando la mano de adentro, la que sujetaba el capote, aparejó ambas de nivel - no las juntó, las niveló -, y la tela quedó de nuevo cuadrada por entero ante la cara de la vaca.

Lo que estaba realizando Juan no era una suerte concreta, era un " ejercicio ". Estaba entrenando, pues el entrenamiento debe consistir más que en la repetición mecánica de una suerte, en el estudio de planteamientos básicos y en profundización de matices fundamentales de ellos.

Por un momento el sobrino, pensó : " Esta estrenando el temple ....." Esto para los oídos acostumbrados al catecismo taurino habitual, suena como a ingenuidad...... Pero no : cuando se tiene un don, éste se acendra y afina con el ejercicio, no se entrenan sólo mecanismos consabidos, se entrena uno mismo, sus facultades, sus posibilidades, los niveles de su aptitud. El objeto del entrenamiento es el artista mismo.

Belmonte repitió aquel ejercicio cuantas veces quiso. Parecía no interesarle otra cosa. La diferencia de temperamento de las vacas le servía de contraste,

Lejos del barullo de los cosos, y del delirio de los públicos, prácticamente sin ambiente, o digamos, en el ambiente neutral de la placita gris, de la mañana fría y del silencio, las formas esenciales del toreo de Belmonte, sus engranajes íntimos, sus goznes determinantes, cobraban un valor paradigmático y se veían, como en un cuadro, " abstracto ", lo valores esenciales, despojados de la anécdota.

El sobrino del ganadero como había atinado en aquella primera intervención subalterna, Juan le guardó para su ayudante para aquel día, lo cual le colmaba de íntimo orgullo taurino, pues estaba trabajando con el " monstruo sagrado " del toreo, como un aprendiz en el taller de Miguel Ángel.

Cuando después, perdido en el anonimato del graderío, el sobrino pudo ver en las corridas de otoño de 1934 en Madrid, torear a la verónica a Juan, sintió tal emoción, una emoción, a cuyo grado estaba seguro, no podía llegar otro espectador.

En la plaza que más toreó " Joselito " fue la de Madrid con 81 paseíllos, seguida por Barcelona con 64 y la de Sevilla con 58. Luego siguieron todas las demás hasta alcanzar un total de 640 tardes. Pero fue en esta última, en una plaza que nunca había pisado su albero, donde justamente, la Dama de manos frías lo estaba aguardando por deseo de su destino.

Dos días después, mientras se lo llevaban a su Sevilla para siempre,, hizo Juan en la plaza de Madrid su paseíllo más triste...... Belmonte se quedó solo con el toro y con el alma : con el alma que él y José le habían dado al toreo......

El destino, quiso que Juan tuviera aquella tarde uno de los triunfos más grandes de su vida. El público más que premiar su labor, aprovechaba cada momento de la misma para aplaudir, en homenaje póstumo, el recuerdo de su compañero desaparecido - el inolvidable hermano de Rafael -, pues en una tarde de éxito de un torero nunca habíanse visto asomadas tantas lágrimas contenidas :  las más sentidas, las de Juan..... No en vano esa tarde estuvo marcada por el infausto suceso de Talavera, como así quedarían su vida y su muerte.










jueves, 31 de diciembre de 2020

FELIZ 2021


 


                                  Desde Encina Hermosa les deseo lo mejor para 2021