martes, 1 de noviembre de 2016

LA CORRIDA




Cerrajero estaba en la oscuridad del chiquero. El mayoral podía oírlo respirar. Sin duda el toro le oyó andar por el techo del chiquero, pararse y tenderse en el suelo a mirar por la rendija de dos tablas :   ¿Recordaba Cerrajero su olor de la dehesa ? ¿ Quizás fuera esa la razón de que no se enfurecía ?
Apenas podía ver más que los pitones. Las puntas se perdían en la oscuridad del chiquero.
Lentamente pudo distinguir la forma del toro. Tenía la cabeza agachada. Quizás la tierra estuviera húmeda allí. ¿ Podría oler que allí habían estado otros toros ?
Desde la meseta de los chiqueros, se oía el ruido de los preparativos de los caballos de picar, moviendolos de un lado para otro. Escuchando la cadencia de sus cascos, se acordaba el mayoral de Cerrajero, que una vez, de becerro, restregó su nariz con la de un potro. Aquella mañana en la dehesa ambos, con finas patas, se encontraron : toro a caballo y caballo a toro.
De pronto, los cuernos fulguraron blancos y cercanos mientras entraban los rayos del sol por la rendija del chiquero. Había conocido a muchos toros en la dehesa, pero a ninguno tan bien como a Cerrajero.
El día estaba más bien nublado, y pensaba lo bueno que sería se fueran las nubes y tuvieran un sol radiante por la tarde, para la corrida, el sol beneficia mucho a las mismas.
Los toros son bonitos en la dehesa, bajo la lluvia, con nieblína, o en la noche ; tan bonitos en modos distintos como lo son al sol. Pero la corrida con su lucha por la muerte parece una cosa del sol, de la luz.
En tres horas Cerrajero que era el primero en el orden de lidia saldría del chiquero. Entonces después de haberlo conocido el mayoral durante cuatro años, tendría apenas veinte minutos para despedirse y para sentirse orgulloso o triste según su comportamiento. Había estado muy ligado a él en la dehesa, le quería como el hombre quiere a un animal. Pero Cerrajero le habría matado si hubiera bajado al chiquero. Dos meses antes mató a Español en la dehesa, en una dura pelea nocturna. Y ellos eran de la misma camada, habían nacido en el mismo mes, junto a los alcornoques se habían acariciado los cuernos el uno al otro en infinidad de ocasiones.
De las ranuras de las tablas del chiquero en que estaba el toro de vez en cuando salían rizos de polvo.
Cuando llegó el relevo se marcho a comer, al pasar por el pasillo encima de los corrales, el silencio reinaba en los mismos, apenas el zumbido de las moscas, y el sonido de los cencerros de los bueyes.
Al volver se encontró con mucho público, la plaza se estaba llenando.
¿ Como sería la pelea de Cerrajero ? Eran los últimos minutos de su vida.
A las cinco en punto comenzó el paseillo. ¿ Qué pensarían los toros en los chiqueros al escuchar la música y el ruido de la multitud ?
Al sonar el clarín el chiquero se abrió lentamente hasta que la blanca abertura fue lo suficientemente grande para que él pasara por ella.
Quizás la dehesa......
Quizás el cercado.....
Quizás el corral con sus hermanos estuvieran fuera. Cruzó la puerta había sólo un camino : pasillo abajo. El toro comenzó a correr : hacía el resplandor, hacía el ruedo de arena.
Salió derecho ; al correr comprobó que no había ramas ni piedras, ni hermanos, ni bueyes. Sólo tenía arena y una barrera que le rodeaba.
Al acercarse al centro del ruedo, trotando con el morrillo inflado por la furia. El toro esperó con los cuernos en alto. Tenía los pelos de punta en el morrillo y a lo largo de la lista negra que le llegaba al rabo.
Cerrajero agitó las orejas, levantó el rabo, embistió y no pudo pararse, sus cuernos chocaron estrepitosamente contra el burladero, lanzando astillas por el aire. Giró con rapidez. Agitó la cabeza irritado, un torero le llamaba : " Ah-ja toro ! "
Las patas del toro lo llevaron con rapidez hacia donde lo atraía la voz. Estaba ansioso por meterle los cuernos mientras se le deslizaba frente a la cabeza un capote, burlándolo, manteniéndose fuera de su alcance. De pronto lo perdió de vista ; giró con rapidez, volteando los cuartos traseros para que le empujaran el cuerpo.
Ahora el torero estaba en pie, junto a la barrera ; ahora pudo verle mejor. Era alto, como un poste, como un hombre, pero con rocío, rocío chispeante por todas partes, bailando como el rocío en la tela de araña al amanecer. Esta vez el toro no le dejaría escapar. Cornearía duro, hundiendo los pitones en la profundidad del bulto.
El reloj marcaba las cinco y dieciocho minutos. Llevaba dos minutos en la plaza Cerrajero cuando un peón terminó de correrlo con el capote, mientras el matador salió al ruedo desplegando su capote.
Cerrajero respiraba más fuerte. Un hilo plateado de saliva le salía de la boca, lo colgaba un instante y, luego la brisa, arqueandolo se lo llevaba. ¿ Que era este enemigo que retaba y huía ?
"¡ Ah-ja, ah-ja, toro!
La parte ancha, la que estaba más viva que el resto, se infló más que antes. Ahora quería golpear y pelear.
La cola de Cerrajero le fustigó la espalda al embestir. Cuando tenía los pitones casi en el enemigo, éste comenzó a deslizarse. Los cascos del toro salpicaban arena, que chocaba con el bulto moviente, produciendo un ruido parecido al del granito contra las hojas de eucalipto. Después el toro aflojó en sus embestidas al capote hasta que él y el resto se movieron con cámara lenta ; la parte abultada le guiaba los cuernos, seduciéndolo. En la plaza, se oyó un rugido como un trueno inesperado : 
¡ Ole ! El eco del mismo llenó la plaza.
Cerrajero atacó. Sus embestidas siguieron unas a otras. El toro intentaba ir más rápido, pero una vez tenía el hocico casi tocando el enemigo, era como intentar correr en el profundo fango de la dehesa cuando se inundaba por una tormenta,
" ¡ Vaya verónicas ! ¡ Madre mía !" exclamaba el público.
La sexta vez que Cerrajero embistió intentando desesperado alcanzar el reto, éste desapareció con más rapidez que antes. Era demasiado largo para revolverse con tanta prontitud ; sus músculos distendieron doloridos. El toro, no estaba cansado, sino frustrado por no poder enganchar nada con los cuernos, por no poder usar la fuerza del morrillo y de las patas traseras para empujar, en vez de correr y perseguir.
Cerrajero sintió una leve llamada, un retazo de memoria. Lo atraía con más fuerza que su furia. Sabía que al otro lado de la plaza estaba la puerta de salida del chiquero. Y cerca estarían sus hermanos. Esta querencia lo puso nervioso, pero la furia venció al instinto y en un momento se olvidó de la puerta.
Los picadores, con sus pesadas piernas golpeando los estribos, aparecieron en la arena. Los caballos no oían el ruido alrededor ; veían sólo parte de la plaza. El sonido había sido eliminado por medio de trapos húmedos embutidos en sus orejas, el ojo derecho lo llevaba cubierto con un trozo de tela y, aunque estaban atiborrados de medicina para dormírlos podía apreciarse su nerviosismo por el temblor de la mandíbula inferior.
A Cerrajero le tembló el hocico. Los golpes de la pierna del picador contra el estribo se hicieron más fuertes. Había un fuerte olor a caballo asustado. El toro se lanzó hacia él. Allí había algo como los caballos de la finca. Pero este caballo tenía el costado mayor. El caballo estaba asustado, lo notaba Cerrajero por el olor, sabía de caballos. Uno vez en la dehesa cogió a uno. Uno que, junto con el jinete había intentado acosarle. Se concentró y se lanzó hacia adelante. El caballo no se movió. ¡ Allá metió los cuernos ! Algo le golpeó, en los pelos negros de la base del morrillo. Quemaba como el hierro del herradero. Levantó con fuerza la cabeza. No podía meter los cuernos, no era como el caballo de la finca. El toro sintió la quemadura cada vez con más fuerza. Cerrajero levantó del suelo una pata al caballo, después dos, tres. Le levantó la cuarta pata. ¡ Allá fue el caballo ! Cayó de la fuerza que los cuernos le propinaron, de costado, dejando al picador atrapado.
El toro se lanzó entonces a por el caballo. Enloquecido, arremetió con los cuernos con todas sus fuerzas. Esto era pelea. De pronto aparecieron dos bultos. Lo sacaron del caballo burlándolo, luego desaparecieron.
El segundo y tercer puyazo, era plaza de primera categoría, fue igual, o, al menos casi igual. Cerrajero se sentía lento. Tenía la sangre como la lluvia de primavera, encharcándole el morrillo y cayéndole a chorros por las manos.
Cuatro veces había embestido al caballo. ¡ Qué reputación para la ganadería !
Un crítico taurino gesticulaba emocionado con los brazos, llenando de cenizas del puro a la gente de su alrededor al alabar la bravura extraordinaria del toro.
Ahora, después del cuarto puyazo sentía Cerrajero más que antes la sangre en los hombros. Le fluía con rapidez por el morrillo, por las patas hasta las pezuñas y chorreaba hasta el suelo.
El olor de la sangre era cada vez más fuerte. En la dehesa ese mismo olor los enloquecía a él y a los otros toros. Dando vueltas, llamando, corrían peleándose hasta que uno de sus hermanos era herido o muerto en la reyerta.
El toro llevaba diez minutos en la plaza. Ya había gastado la mitad de su tiempo en el ruedo. Por un momento el mayoral, emocionado por la pelea en varas, empezó a guardar la esperanza de que le perdonaran la vida. ¿ Y si pudiera Cerrajero volver a la finca !
( Continuará )





domingo, 23 de octubre de 2016

CAMINO A LA PLAZA



Después de aquel caluroso día de agosto Vicente, el conductor del camión y el mayoral viajaban hacia la Plaza, y gracias al viento que entraba por las ventanillas pudieron soportar el agobiante calor que continuaba durante la noche.
Era excitante para ellos aunque no podían ver los toros sentir su presencia pesada y quieta en los cajones, tan cerca, a sus espaldas, los siete toros, con toda su furia, encerrados entre maderas.
Poco antes del amanecer, el mayoral le dijo a Vicente que parara. El camión aflojó, paró el motor y se bajaron de la cabina. Todo estaba tranquilo. Los únicos sonidos que les rodeaban eran los grillos, los insectos nocturnos y una lechuza que se escuchaba en la lejanía.
Los toros encerrados en los cajones grises, indicando con una marca en tiza el número de cada toro, parecieron darse cuenta de que el camión no estaba moviéndose. Los olores familiares de pasto y tierra se filtraban entre los del motor caliente y el gas-oil. Empezaron a moverse en los cajones y, cada vez que lo hacían, el camión crujía bajo su peso como un barco en la mar. Mientras flotaba en el aire el fuerte olor a cagajones. El mayoral encendió el mechero y comprobó abriendo las trampillas, una a una, que todas las pezuñas se movían.
Los toros por momentos se habían puesto nerviosos en los cajones. Uno de ellos Carpintero, dió un fuerte bufido y golpeó fuertemente la madera con los cuernos. Otro del final empezó a patear con las pezuñas traseras. El mayoral advirtió a Vicente que arrancara el camión y en marcha de nuevo, el mayoral pensaba en la sospresa que llevarían los toros por la mañana al no ver los bidones del pienso y beber agua a continuación en la laguna.
Estaba amaneciendo, pronto llegarían a su destino ; la poca gente con la que se cruzaron a la entrada de la capital no parecía notar los cajones con los toros marchaban adormilados. Los toros habían conocido el campo, la dehesa, y del que salían por primera vez.
Llegaron a la plaza después de cruzar toda la ciudad, pararon en la puerta que había junto a los corrales.
En la puerta el empresario con varios amigos esperaban la llegada del camión ; se acercaron saludaron a Vicente y al mayoral y la puerta de entrada a los corrales se abrió de par en par y el camión comenzó la maniobra de entrada. Colocaron el camión de forma que el primer cajón quedaba frente a la rampa. Vicente subió sobre los cajones y cogiendo el asa de la primera puerta tiró de ella con fuerza hacia arriba.
La puerta subió hasta la mitad y después por completo de un fuerte tirón. El primer toro Carpintero, parpadeó encandilado. Después de estar encerrado toda la noche, la luz del sol le cegó. Durante un momento pareció tranquilo. meneando la cabeza lentamente de un lado a otro. Luego, moviendo las patas delanteras nerviosamente, bajó la rampa con gran rapidez. Estaba irritado y la irritación hincha a los toros, bombea sus músculos, los llena, los hace parecer más grandes que cuando están tranquilos. Pañofino, en el segundo cajón siempre había parecido más corpulento que sus hermanos, aunque no lo era. Las patas del toro tensas y estiradas, golpearon la tierra con fuerza al embestir a los bueyes que habían puesto en el corral para apaciguarlos en el desembarque.
Después, mientras comenzaba a calmarse y deshincharse, movieron el camión hacia adelante, y Cerrajero irrumpió con fuerza en los corrales, haciendo correr al cabestraje.
Vicente bajó de la cabina y le dió la vuelta al camión ; los cajones habían sido cargados de forma que los toros estaban lomo con lomo, mirando en dirección opuestas, alternativamente. Esto lo hacen los conductores para equilibrar el peso de los toros en el camión durante el viaje.
Colocaron el camión de nuevo junto a la rampa. El mayoral estaba muy pendiente a la bajada de Pañero, silvó y dió voces para distraerle, estaba seguro de que Pañero bajaría precipitadamente por la rampa y se pelearía con otro toro, o cornearía a uno de los cabestros, o derrotaría contra algún burladero. Pero Pañero no tenía prisa en bajar, se quedó un buen rato en el cajón, enseñando sólo los pitones.
El mayoral parecía nervioso y hasta preocupado. Le dió de nuevo voces y Vicente movió la trampilla del cajón y el toro lanzó una fuerte patada. Cuando el toro oyó el golpe salió precipitadamente del cajón, tropezó y cayó. Se había resbalado por la rampa con los cagajones que habían esparcido al salir del cajón los otros toros ; con el cuello estirado intentaba desesperadamente levantarse. Por fin, se puso de pie, en lugar de correr fue hasta los bueyes andando. El toro arrastraba la pata izquierda trasera. Parecía acalambrado, pero el mayoral dijo gritando que se había roto la pata.
Al poco rato, antes de terminar la descarga, un camión aparcó junto a la plaza y cinco hombres con uniformes blancos manchados de sangre bajaron de él.
Poco antes del mediodia, Pañero, el toro de la pata rota, el toro de la hombría y el poder, era trasportada su canal en el camión de los carniceros.
Una vez finalizado el desembarco, los seis toros, fueron llevados uno a uno a una habitación cuyo suelo era una enorme báscula. Allí fueron pesados y después devueltos a los corrales.
De los seis toros, tres estaban todavía muy nerviosos ; tenían los cuartos traseros manchados de cagajones. El mayoral comentaba al mayoral de la plaza que estaban estrechos del viaje, que calculaba que habían perdido treinta kilos. El nerviosismo y los cambios de agua y la comida producen diarrea, por eso el mayoral traía pienso de la ganadería para que no lo extrañaran.
A Pañofino, en el corral los otro toros no paraban de molestarle. Cerrajero negro zaino, el más agresivo, no paraba de intentar montarle.
El mayoral pasó todo el día observando a los toros. Él tenía que estar con ellos, hasta el día siguiente que se lidiarían, separándolos si se peleaban, asegurándose que nos les faltaría agua y pienso.
Llegó el domingo, día de la corrida, por la mañana los toros estaban pacíficos en los corrales. Cerrajero lo tuvo que cambiar el mayoral a otro corral con un cabestro, por sus continuas peleas con el resto. Los seis eran negros zaínos.
Las autoridades empezaron a llegar y aunque el día anterior hicieron el reconocimiento previo del cual salieron aprobados los seis, más un sobrero que tenía la empresa, tenían que verificar que seguían reuniendo las condiciones físicas necesarias para la lidia. Un veterinario agitó los brazos en el aire saliendo un poco del burladero, y los toros se levantaron agitados y comenzaron a moverse por el corral. Ninguno cojeaba, ni tenía ningún defecto visible en la vista. El otro veterinario charlaba con el ganadero y el empresario.
En poco tiempo empezaron a llegar a los corrales los apoderados y los banderilleros. Estudiaron los toros uno a uno y comentaban con el ganadero y el mayoral, sobre todo preguntaron de cada toro su semental a efectos de realizar los lotes.
Después en tres trozos de papel anotaron el número de dos toros en cada uno de ellos, más o menos igualados los lotes. Al hacer ésto, consideraron el peso, el tamaño de los pitones y el trapio.
Tres de los toros estaban bastante llenos en el área de los riñones; lo que significaba que eran los más fuertes de la corrida. Enrollaron los tres papeles y los metieron en el sombrero del mayoral y lo taparon con una gorra para realizar el sorteo. Un miembro de cada cuadrilla sacó del sombrero un papel y los apoderados comprobaban el lote que le había correspondido a su matador.
La autoridad anotó los números del lote de cada matador.
Después del sorteo las cuadrillas charlaron con el ganadero que les aseguró que los toros traían notas excelentes y que los matadores tenían muchas posibilidades de cortarles las orejas.
Pronto los corrales quedaron desiertos; la gente que había venido a ver el apartado comenzaba a marcharse con cara de felicidad, les gustaba estar cerca de los toros para ver la textura de sus cuernos y las briznas de paja en sus lomos
Algunos marchaban en silencio, otros discutían como sería su juego en la corrida.
 ¡ Pero los seis toros, estaban en la oscuridad del chiquero, esperando las cinco en punto de la tarde !




miércoles, 12 de octubre de 2016

MIRANDILLA........ Y SUS PEDRAJAS



Desde que Fabrice Torrito, un francés romántico y audaz desembarcó en el viejo cortijo de Mirandilla, los Pedrajas del Marqués de Albaserrada han comenzado un proceso de renovación.
En Mirandilla, la sombra de José Luis García de Samaniego y Queralt, el Marqués de Taracena, se esconde detrás de cada piedra. El Marqués, como todo el mundo le llamaba cariñosamente, antes de fallecer en 2014, perdió la única exclusiva que tuvo importancia en su vida ; por culpa de Arrojado, el toro de Nuñez del Cuvillo que indultó Manzanares, el novillo Laborioso del Marqués dejó de ser el único astado indultado en la historia de la Maestranza. Antes de eso, durante toda su existencia, el Marqués fue para los aficionados y los taurinos el " Marqués de Albaserrada ".
Desde hace años, bastante antes de la muerte de don José Luis, la ganadería de Albaserrada había entrado en un penoso letargo, mientras que sus Pedrajas sufrían un anonimato que constrastaba con su pasado glorioso. Si bien esta segunda ganadería del Marqués nunca alcanzó la fama de la primera cimentada sobre los Saltillos, a partir de su creación en 1947 y durante medio siglo, mantuvo viva la llama del encaste Pedrajas, actualmente también en decadencia. La decisión de seguir con la tradición ganadera tras la venta de los Albaserradas a José Bueno en el año 1929 fue tomada por la hija del Marqués, Isabel Queralt López Mequiza, y por su esposo, José García Samaniego, padres de José Luis García de Samaniego y Queralt. Optaron entonces por comprar a Rafael Romero de la Quintana - el administrador de Pedro Domecq y Díez - la parte de la ganadería de Juan Pedro Domecq Nuñez de Villavicencio, su padre.
En ella se mezclaban las sangres de Veragua, Conde de la Corte y Mora Figueroa. Los ganaderos, que apostaban por la bravura, se encontraron con una mansedumbre penosa cuando lidiaron su primera corrida en Écija, el año de la compra. Ante el chasco, adquirieron sesenta becerras y el semental Figurito de Isaías y Tulio Vázquez, ganadería procedente de García Pedrajas, con el fin de apostar casta y viveza. Gracias a este refuerzo, poco a poco, la sangre de los Pedrajas se adueño de las reatas de la rama Domecq y los nuevos Albaserradas adquirieron identidad propia. Prontos y bravos, aunque bastante correosos, vivos y ásperos, nunca fueron del gusto de las figuras y sí de los aficionados, quienes se apasionaron con sus peleas, sobre todo en novilladas.
El primer triunfo tuvo lugar en Palma de Mallorca cuando un joven Antoñete le cortó las orejas y el rabo al espléndido Buenafecha, premiado con la vuelta al ruedo en 1952. Otras cuatro orejas paseó el Cordobés, en 1961 en Aguilar de la Frontera, ante una espléndida novillada. El mismo año Rafael de Paula cortó tres orejas en Antequera.
Cuando José Luis tomó el relevo de sus padres, recordaba con mucha frecuencia : " Lo primero que vendí, fue una novillada para la Maestranza. Aquel 12 de Octubre de 1965 obtuvo el indulto de Laborioso.
Laborioso fue un novillo bravísimo que tomó cuatro puyazos galopando.
Luego no se cansó de embestir en la muleta, aunque lidiado en una novillada, era un cuatreño, puesto que en esa época estaba permitido. " Salto en quinto lugar y los cuatro primeros habían sido muy nobles. Era hijo de la vaca Laboriosa, de Pedro Domecq y del toro Sultan de Isaías y Tulio Vázquez. Le correspondió a Rafael Astola, que venía de torear en Madrid, y le costo estar delante pues resultó muy exigente.. Embestía con codicia y no perdonaba nada. A Astola sólo le concedieron una oreja, y aquella cicatería presidencial todavía le duele, hasta que murió después de padrear durante doce años, lo visitaba a menudo en su cercado de Mirandilla. El semental tuvo 400 crías y marcó en profundidad la evolución de la ganadería.
La gran mayoría de los toros que se lidiaron en la década siguiente eran hijos o nietos de Laborioso, regalando sus mejores años a la ganadería del Marqués. Juan Posada cortó el rabo a Pastor en Ciudad Real y en 1973, premiaron a Señorito con una vuelta al ruedo en Madrid después de tomar seis varas y derribar dos veces. Los triunfos más trascendentales llegaron a finales de los setenta, cuando Revoltoso fue declarado el mejor toro de San Fermín 79 después de tomar cinco varas de derribar tres veces y ser premiado con la vuelta al ruedo.
En 1984, en una portátil montada en Zarauz, ocurrió uno de esos sucesos que tejen la leyenda de la Fiesta. Cuando José Ortega Cano estaba a punto de hacerse banderillero, muy mermado por las cornadas y el maltrato de las empresas, se encontró frente a dos toros del Marqués de Albaserrada que le hicieron sentir el toreo más hondo. Años después, siendo ya primera figura, el diestro tuvo el gesto de acudir a Mirandilla a tentar y de brindarle una vaca al ganadero. No obstante, cuando más tarde el Marqués le pidió a Ortega un semental de sus Pedrajas para refrescar su ganadería, el matador respondió que no podía . cuando compró los Pedrajas de María Luisa Pérez Domínguez de Vargas, los hijos los hermanos Guardiola, le hicieron prometer que nunca vendería a terceros un pitón de este encaste.... a pesar de que, recientemente, lo han mandado al matadero.
Después de los años de triunfo, vinieron los del desencanto, cuando el exceso de consanguinidad causados por las 400 crías de Laborioso favoreció la caida.
Cuando la ganadería del Marqués de Albaserrada desaparecía progresivamente del panorama taurino y sólo lidiaba de vez en cuando en las plazas toristas de menor importancia. Fabrice Torrito, llegó a Sevilla cuando la Expo del 92. Le contrataron seis meses en la Expo, en el pabellón francés, donde atendía a los visitantes. Todo el tiempo libre lo pasaba visitando ganaderías. Tuvo una primera experiencia profesional en la ganadería de Sánchez Ibargüen ; seis mese como vaquero.
Y después, en la Calera de Lora Sangrán, lanzando el turismo taurino.
En el 2000 llegó a Mirandilla, también para desarrollar un proyecto turístico. Tenía 30 años, trabajó de vaquero, tractorista. Cuando el viejo mayoral, Benito Quinta, se jubiló en 2009, la familia optó por confiar en Fabrice, que aportaba su experiencia en el turismo y, en aquel momento, se veía como un negocio añadido fundamental.
Don José Luis, el Marqués, estaba ya mayor y se dejaba aconsejar por sus amigos.
En uno de los cercados, una novillada muy en tipo Pedrajas esperaba la visita de una comisión francesa interesada por presentar la nueva generación de los Albaserradas que, hace treinta años, tenían un gran cartel en el país vecino. En otro, se encontraba una de las dos corridas, la vendida para Aignan, plaza vecina a Vic.
Opinaba Fabrice que ese encaste adquiere su verdadera personalidad cuando pasa a los cinco años. Antes, se define menos.
Con mucha habilidad Fabrice ha trabajado la imagen de los Pedrajas a través de su blog donde cuenta el día a día de la ganadería.
Con sencillez, habla de la selección, de los esfuerzos realizados para volver a encontrar la sangre diluida..... Maruchi es más torista que su esposo don José Luis.
Recien nombrado mayoral, Fabrice no tardó en convencer a la ganadera para refrescar y aportar, de nuevo, la sangre Pedrajas a la ganadería.
En 2011, compraron dos toros de Tulio Vázquez. En 2016 tuvieron los primeros utreros. Cuando Fabrice visitó el mítico cortijo de Valdevacas, donde siempre pastaron los toros de Tulio e Isaías Vázquez, su corazón se estremeció. Sólo quedaba de aquello 60 vacas.
Pero Fabrice no se dió por vencido. Hurgando por todas partes compró dos machos de Yerbabuena a unos peruanos que compraron la finca y la ganadería de Ortega Cano. Se quedaron sólo con lo de Jandilla y quitaron lo de Pedrajas. Le compraron cuatro erales, los tentaron y dejaron dos.Uno de ellos fue extraordinario.
De los Pedrajas, los toreros no quieren saber nada. Es un toro más vivo, listo, astuto.
Fabrice ha sabido vender puentes con la afición francesa desarrollando actividades de eco-turismo.
El 90% de los grupos que pasan por Mirandilla proceden de Francia : jubilados, peñas taurinas, colegios o empresas.
Además del turismo verde Fabrice ha creado la asociación " Torrito Afición ". Cuando organiza sus
 jornadas, vienen a Mirandilla de todas partes de Francia, y para los herraderos, hay más franceses que reses por herrar.
Le deseamos a Fabrice Torrito que consiga la recuperación del encaste PEDRAJAS.




Don José Luis García de Samaniego y Queralt, el Marqués de Albaserrada