viernes, 31 de octubre de 2014

DON EDUARDO MIURA FERNÁNDEZ ( SEGUNDA PARTE )




Cuando don Eduardo debuta en Madrid el 25 de junio de 1893, la Fiesta atraviesa una época de transición.
Frascuelo va a retirarse, Mazzantini intenta plantearle batalla a la nueva generación y Guerrita se perfila como el sucesor designado de Lagartijo, quien se encuentra en las postrimerías de su carrera. En ese contexto surge en Sevilla " El Espartero ", cuyas legiones de partidarios esperan que ponga fin a la hegemonía, de los cordobeses.
Su valentía es tal que parece que ningún toro puede ganarle la pelea. Como esos miuras que lidió en Sevilla el 20 de abril de 1894, con los cuales triunfa de manera clamorosa.
Pero el destino de " El Espartero " estaba escrito. En Madrid camino de la plaza un gato negro cruza la calle delante del carruaje. El banderillero Antolín se persigna, pero el maestro afortunadamente no es superticioso.
El toro " Perdigón ", de Miura, considerado demasiado chico para ser lidiado en Madrid, la temporada anterior permaneció casí un año entero en la dehesa de  don Faustino Udaeta, ganadero de Manzanares, quien le pidió a su amigo son Eduardo Miura el poderlo usar como semental para un número restringido de vacas. Es un toro colorado, ojo de perdiz, listón, muy astifino, cornidelantero, corto de cuello y enmorillado, una característica rara en los toros de Miura. En Sevilla en la Plaza de la Encarnación, en el domicilio de don Eduardo, a la criada se le ha olvidado encender las velas que, desde los inicios de la ganadería arden en la capilla familiar cuando se lidian sus toros. Cuando don Eduardo se da cuenta, la bronca es terrible. Los cirios se prenden a toda prisa, pero ya son las cinco, la corrida de Madrid empieza a las cuatro y media. Al tirarse a matar " El Espartero " a " Perdigón " que le avisó varias veces se fija en sus pies y en vez de meter la cabeza en el engaño, lo espera y lo lanza a volar a dos metros hacia arriba, Cae de cabeza, en lugar de dirigirse a la barrera para reponerse, el sevillano vuelve al toro. Le da otros siete derechazos y se vuelca sobre el morrillo para asestarle una estocada rabiosa. Una temeridad inútil. Incapar de pasar es presa fácil. " Perdigón " sólo tiene que alargar su corto cuello para coger al torero. Lo tira al suelo y le embiste de nuevo. La cornada en el vientre es espeluznante. Al mismo tiempo que se llevan al torero inconsciente, dobla el toro.
" El Espartero " muere veinte minutos después sin haber recobrado el conocimiento. Una vez más como ocurrió con Curro Guillén y Pepete, un toro de Miura mata a un torero en la cumbre de su popularidad.
Nace la maldición lanzada por Fernando Villalón : Malhaya sea " Perdigón ", el torillo traicionero.
Don Eduardo lleva la ganadería apenas un año. La muerte de " El Espartero " conmociona a España entera. Ya terrible, el nombre de Miura se vuelve sinónimo de peligro mortal para los toreros. Tan es así, que dos meses más tarde. el 15 de julio de 1894. la Maestranza es el escenario de una nueva tragedia. No se trata ni de una gran corrida, sino de un simple festejo con vacas toreadas para los aficionados. Y para el que don Eduardo ha mandado animales de desecho. Uno de los aficionados, no pudo matar a " Beata ". Un banderillero la llama a la tronera de un burladero para apuntillarla a buen resguardo.
Armado su brazo con el cachete, aguarda el momento oportuno mientras uno de sus compañeros toca a la vaca. Con un ojo fijo en el capote que agita a su lado la vaca vigila con el rabillo del ojo la figura que adivina muy cerca de ella. En dos ocasiones la mano se acerca a su cerviz, pero dos veces hace que retroceda. El puntillero está convencido de que a la tercera será la vencida : " Beata " le da la espalda. Arriesgándose el puntillero sale a medias del burladero y prepara el golpe, pero la vaca es más veloz y le asesta una cornada mortal en el bajo vientre. Un rumor se propaga, acusando a don Eduardo de mejorar la puntería de sus toros acostumbrándolos a cornear unos monigotes rellenos de paja.... La leyenda negra de los toros de Miura acaba de escalar otro peldaño. Se les empieza a llamar " los toros de la muerte ".
Don Eduardo no va a ser el único en aprovecharse del entusiasmo algo mórboso suscitado por sus toros. Para las empresas, una corrida de Miura equivale a un lleno seguro.
Para los toreros, si los miuras son unos adversarios más temibles que todos los demás, los triunfos que puedan cosechar enfrentándolos dan riqueza y gloria.
Aunque la ganadería de Miura no es ni por asomo una de las favoritas de Guerrita, mató 139 miuras en doce años.
Pero a principios del siglo XX, Miura sigue siendo fiel a su leyenda, la cual se nutre tanto de triunfos como de tragedias.
El 16 de octubre de 1902 sale en Madrid " Catalán ", el toro más bravo y más noble lidiado en esa plaza, como titula la prensa del momento.
Al día siguiente, la prensa es unánime :
" Catalan " merecía el indulto.
Una semana antes, sin embargo, el nombre de Miura fue sinónimo de tragedia cuando el 7 de octubre de 1902 en Barcelona, " Desertor " sosprende al modesto matador madrileño Domingo del Campo que muere en la plaza.
La leyenda de Miura sigue creciendo. Para verlos lidiar, de todos los pueblos de Andalucia salen trenes llenos de campesinos que han ahorrado durante varias semanas para pagar el precio de una entrada. Y en esos trenes la leyenda se enriquece.
Circulan los rumores más descabellados, algunos de los cuales tiene cierto fundamento. Unos explican el poder de los toros de don Eduardo atribuyéndolo a una poción mágica que éste les suministra cada día. Poción que había obtenido de un curandero muy viejo al que su hermano don Antonio había dado asilo hace mucho tiempo en su cortijo.
Esa poción secreta se mezcla con el pienso, mientras que para otros se diluye en el agua en los puntos donde beben los toros.
Otros dicen que esa poción se distribuye todos los días después de que los toros han hecho "gimnasia" ( lo que viene a confirmar el hecho de que Juan Pedro Domecq " inventará su tauródromo, don Eduardo siguiendo la costumbre de su hermano, hacía correr diariamente a sus toros ). Los campesinos vecinos del cortijo " El Cuarto " son abrumados con preguntas, y en el lento avance de los trenes en la campiña andaluza, algunos toros se vuelven célebres aun antes de salir al ruedo. Este porque ha matado a tres o cuatro de sus compañeros, otro porque se ha escapado, y que a don Eduardo y sus cabestros con sus vaqueros les ha llevado dos semanas reintegrarlo a la manada.
Otros como " Azafran ", mandado a Valencia, donde todo el mundo se dio cuenta de que estaba loco cuando le vieron matar a dos cabestros apenas salido del cajón, después se mató dando golpes contra las paredes de su chiquero.
" Berberino ", chorreado en verdugo y ojo de perdiz, lidiado en Madrid el primero de octubre de 1900, dande mató cinco caballos antes de coger a Mazzantini.
" Aguilillo ", lo tuvieron que matar a tiros en el barco que lo conducía a Marsella, después de que destrozó su cajón y sembró el pánico.
( Continuará )



Oleo de Adolfo Durá representando la cogida mortal de " El Espartero ", por el toro " Perdigón " de Miura.

lunes, 20 de octubre de 2014

DON EDUARDO MIURA FERNÁNDEZ




A la muerte de don Antonio Miura Fernández, acaecida el 31 de marzo de 1893, su hermano don Eduardo coge el testigo de la ganadería. Ya no es el adolescente flacucho y reservado al que en ocasiones su hermano mayor amosnetaba durante las tientas cuando le parecía que, para su gusto, era demasiado prudente. Tiene entonces 43 años, luce unas soberbias patillas y desde hace tiempo se ha convertido en un jinete emérito con el carácter bien forjado que conoce todos los secretos de la ganadería creada por su hermano Antonio
El 31 de marzo de 1893, la afición se pone de luto por la muerte del Excmo. Sr. D. Antonio Miura Fernández, caballero Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Sevilla entera acompaña al cadáver, camino del cementerio de San Fernando, por las angostas calles, goteadas de la cera del Jueves y Viernes Santos. También el campo revive, gracias a la llegada de la florida primavera. Y las plaza de la Maestranza abre sus puertas rechinantes, para la inaguración de la temporada.
Don Eduardo Miura Fernández se pone al frente de la ganadería, que le pertenece por herencia.
Entre don Antonio y don Eduardo había una diferencia de veinticuatro años. Don Eduardo era aún un niño cuando perdió a sus progenitores, y don Antonio - que murió soltero - fue para él un verdadero padre, constantemente preocupado con la educación, el adiestramiento y la administración de los bienes del hermano menor, que le respetaba profundamente, como lo prueba el hecho de que, cuando pensaba contraer matrimonio, a los treinta y tantos años, se decidió, después de mucho pensarlo, a preguntar a su hermano :
- Antonio...... ¿ me puedo ya casar ?
El 25 de junio de 1893 se lidian en Madrid, por vez primera, los toros de Miura a nombre de don Eduardo.
Empezaba, probablemente, la época más gloriosa y , al mismo tiempo más difícil, de la ganadería. Pasó en pocos años de una aceptación sin límites por todos a una crítica feroz por parte de algunos, culminado con un rechazo total de algunas figuras de la época.
Don Eduardo era de estatura regular, más bien delgado, moreno y de piel curtida por el sol y el viento. La cara muy expresiva, con una permanente sonrisa, apenas esbozada.
Algunos ganaderos, como Pablo Romero, no tardaran en comenzar a darle grano a sus toros, ya no sólo hierba, multiplicando así sus costes de producción. Los otros ganaderos deberán seguir su ejemplo.
Para don Eduardo Miura, como lo había sido para su hermano Antonio, la venta de los toros es un negocio con todas las de la ley, no un divertimiento como para otros ganaderos, quienes siendo ricos propietarios, se contentan con no perder dinero al criar sus toros.
Será en Puebla del Río donde don Eduardo lleve a cabo su primera compra en 1899. Se trata del cortijo Margazuela que revenderá en 1908 para poder financiar otras adquisiciones, todas situadas al noroeste de Sevilla, entre Cantillana, Lora del Río y La Campana. Durante toda su vida, y sus hijos harán lo propio mientras puedan, don Eduardo conservará el cortijo de Cuarto, donde tantos recuerdos lo trenzan al pasado. Es ahí, desde que lo arrendaron en 1852, donde eran llevados los toros del año, a los que se saca a finales de septiembre de sus cercados en la marisma...... los de la Isla Menor, compuesto por " El Rincón de la Zarza ", " El Conde " y " El Conde Chico ".
Una trashumancia de unos diez kilómetros que se llevan a cabo durante el día por caminos aislados.
Los cabestros gigantes que provienen del hato iniciado por don Antonio en sus años mozos, abren la marcha para guiar el centenar de toros que van enmarcados por una decena de jinetes, con don Eduardo a la cabeza.
Cuando llegan al cortijo de Cuarto, los toros son dejados en manada, y allí llegan los compradores durante el invierno y hasta primavera, esperando timidamente que don Eduardo consienta en venderles una corrida. A lo que accede después de preguntar cuánto dinero le han traído. Y según la suma, entrando solo en el cercado en el que está toda la manada, con su garrocha separa uno a uno los toros que considera corresponde al precio pagado.
Don Eduardo conoce sus prioridades. Sabe que el futuro de su ganadería debe visualizarse a mayor altura, allá donde las tierras son mejores pero también más caras. Y durante 24 años, al final de cada temporada, don Eduardo va a vaciar en la mesa de su despacho, el contenido del cofre de madera en el cual a lo largo de todo el año, guarda el dinero de los toros que vende, y del que saca lo que necesita para pagar los gastos.
Por Navidades, el capital esparcido en la mesa representa los beneficios del año. Con el flujo de efectivo lo dedica a comprar sus cortijos, pacientemente, sin pedir prestado, sin jactarse de sus adquisiciones.
En 1901, compra El Tinajero, en Lora del Río, según la jurisprudencia Miura : los toros para los varones, las tierras para las mujeres.
Casí cuatro mil hectáreas en propiedad y más del doble en arrendamiento. Un pequeño imperio agrario en el que trabajaban centenares de jornaleros y una treintena de vaqueros.
Y con parecida naturalidad a la mostrada delante de sus toros se desenvolvía en todos los aspectos de la vida. Un buen día hablaba con esa misma sencillez a S.M. el rey Alfonso XIII, que, para premiar sus grandes méritos como ganadero y agricultor, le decía :
- Voy a concederle el título de marqués de Los Castellares.
- Muchas gracias, señor - contestó -, pero le ruego que desista de la idea...... Yo estoy muy conforme con llamarme Eduardo Miura Fernández.......
Don Antonio había llevado el nombre de Miura a lo más alto de los carteles, y sus toros se vendían más caros que todos los demás. Don Eduardo va a seguir sus pasos, con el mismo rigor, no cambia nada en la marcha de la ganadería, salvo el número de toros que van a lidiarse.
En veinticuatro años de 1893 a 1917, don Eduardo lidia 4152 toros, es decir un promedio de 173 al año, tres veces más que su hermano. En varias temporadas hierra 300 machos, y para que esto sea menos evidente, hierra la mitad en el costado derecho y la otra mitad en el izquierdo.
Pero no todo es positivo en el asunto de la superproducción. El público y la crítica cuando aparecen toros en el ruedo con presentación inferior a la categoría de la ganadería protestan y no satisface a ninguna de las dos partes.
En cuanto a los toreros, obligados a lidiarlos cada vez más a menudo, estan furiosos. Los toros de Miura son adversarios incómodos, duros, avisados, astutos, agotadores. Para las figuras de la época, resulta imposible evitarlos, ya que frente a ellos es donde deben demostrar la capacidad torera y donde se conquista la gloria.
El enojo aumenta en las cuadrillas y en ocasiones las reflexiones estallan :
Hasta el gran Guerrita exclama un día en que debe enfrentarse a una miurada difícil en el Puerto :   
"¡ Ojalá todas las vacas de Miura reventaran !
Pero el público adora los toros de Miura. Con ellos jamás se aburre uno. Y la terrible leyenda negra resurge :
( Continuará )





domingo, 12 de octubre de 2014

MANOLO BIENVENIDA ( CAPÍTULO II )



A pesar de estar en Madrid, sin anestesia, un médico cuyo nombre borró el torero de su recuerdo, le mandaron al hotel en una camilla. La noche fue muy mala.
- Siento que la vida se me va, Pepe.
Pero a la mañana siguiente vino el gran cirujano don Lázaro Pindado y ordenó que corrieran la cama al centro de la habitación
En el suelo había cuajarones de sangre y el colchón estaba calado. Nuevas curas. A los ocho días sacaron de la herida un trozo de taleguilla de casi cuatro dedos de ancho.
En las horribles operaciones, por no gritar, se partió los dientes.
Un mes y otra vez, lentamente la vida. Y al término de los treinta días, Sevilla. No se encontraba bien y llamó a don Gonzalo Blanco. Estudió la herida, su trayectoria.
- ¡ Qué crimen han hecho con esta criatura ! Tiene partido el nervio ciático y le han dejado inútil.
La pierna izquierda estaba inmóvil, de piedra hasta los dedos del pie. Las ilusiones... Pedía la muerte a gritos y quería dársela. El doctor Blanco llevó a Manuel a Barcelona y allí Bravo, ilustre médico, diagnosticó que para encontrar las fibras rotas y posiblemente muertas, tendría que abrir el miembro hasta el tobillo. Barraquer, especialista, le puso corrientes intensas que le quemaron la carne. Su opinión, muy pesimista. Bienvenida era un caso perdido. El doctor Blanco, Pepe y el amigo Alberto Robles que le acompañaron quedaron desolados.
Tenía fe, pedía a la Virgen de los Milagros, patrona de Bienvenida que le curara, ofreciéndole para su ermita una pierna de plata. En Cartagena le vió el doctor Maestre.
- Usted no podrá vestirse más el traje de luces.
Otra vez a Madrid; desaliento, la negrura ante las opiniones de los médicos más famosos.
Un picador Monerri, cierto día le dijo :
- ¿ Por qué no vas al doctor Decref ?
- ¿ Quién es ?
- Un tio que me ha curado un porrazo del que no me sanaba nadie.
Y fue a verle, contándole aquel calvario, indicándole que el doctor Maestre le recomendó un médico de Berlín.
- Ven mañana a las ocho en punto. Voy a ver si en España hay médicos que operen como los extranjeros.
Así comenzó la larga y penosa curación. Luchó con el torero por espacio de cinco meses y durante tanto tiempo ni un solo día dejó de verle.
En este momento apunta el idilio que ha sido la base de una vida y su fundamento sentimental.
Granado y maduro para el buen amor, con veinticinco años ya. Lo había tenido todo en su carrera, llegó el triunfo absoluto y en su cúspide, cae derribado, al parecer de un modo definitivo. Esos amigos, esos halagos del triunfador, se fueron con la sangre, a raudales también. Quedó solo, peor aún, acompañado por los que mentían y esperaban el fracaso.
El cuarto del hotel, lleno de gentes al vestir el traje grana y oro de la corrida de Trespalacios, apenas se sentía la huella de alguno, al que el torero importaba menos que el hombre.
En los minutos de pena y desaliento, conoció Manuel a la que debía ser su esposa. Tenía dieciseis años impregnados de la belleza más fina que pudiera concebir un alto soñador. Era hija de un tallista modesto, Carmen había nacido en Sevilla y vivía en Madrid  en la Cava Baja, 8. La belleza de la niña impresionó a Manuel y buscó su amistad en busca de su cariño.
-¿ Por qué es usted torero ?
Y la para Bienvenida insólita pregunta, sólo podía tener una contestación.
- ¿ Que quiere que sea ?
- Bueno.... Cualquier cosa menos torero.
Había en su modo de interpelar un dejillo de temor por el oficio.
Porque en sus esperanzas de volver a los ruedos, fundíase el miedo a no ser lo que fue. En la blandura del afecto femenino convalecía el espíritu, y en la energía del doctor Decref. Fueron novios y como al calor del corazón, latieron los tendidos. Una tarde al aplicarse las corrientes, pequeño movimiento en los dedos del pie, dió la señal de la convalecencia. El médico le abrazó emocionado.
- He triunfado, Manuel, pronto podrás torear de nuevo.
- ¿ Esta misma temporada, don Joaquín ?
- En abril.
Corrió a dar la noticia a la novia y la alegría de Manuel batió contra la tristeza de Carmen.
- ¡ En abril volveré a ser quien fuí !
Y lloró. Ella concebía su hogar de manera distinta.
Entre los aficionados el revuelo fue inmenso.
Ya ilusionado pidió quince mil pesetas a sus amigos los Pérez Tabernero, y con ellas comenzó a hilvanar realidades.
¡ El dinero de los toreros ! La leyenda era entonces m,enos cierta que ahora, aunque hoy sólo ganan para guardar lo suficiente una docena de profesionales.
Las cantidades son muchas, pero los gastos son más.
Después de muchos años de ganarlo, no tenía más que unos brillantes que fueron los que le salvaron de otras penas, en los primeros meses.
La casa de Sevilla era gastosa, su índole también. Y entonces herido, se encontró pobre, como lo fue al presentarse en Madrid, vistiéndose en la pensión de doña Maximiliana.
Para que toreara, Decref inventó un aparato que ocultaba el defecto a los ojos de los espectadores, porque, en aquella época, los dolores de los toreros se recataban al público. El aparato consistía en una bola alta con forma de zapatilla en su parte inferior y la media cosida a ella. La bota ceñía la pantorrilla y un fuerte muelle, entre las dos suelas de la planta, empujaba el pie hacia arriba al flexionar la pierna. Contrató los servicios de un cirujano joven. Necesitaba un médico para que le diera masaje y corrientes, y un cirujano por si tenía la desgracia de nueva cogida. Este buen doctor acepto la proposición de pagarle quince mil pesetas anuales y los gastos en los viajes.
Fue tanta su bondad que curó a los compañeros heridos en las corridas que Bienvenida toreó Juntos estuvieron hasta 1913.
En abril llegó la primera corrida en Barcelona. Se vió con una falta de facultades enorme, la pierna fallaba y varias veces estuvo a merced de su enemigo.
En San Sebastián cortó una oreja.
Habló Manuel a su madre, ya al borde del casorio. La madre, no quería y tuvo que traerla a Sevilla para que la conociera.
- Esta bien, dijo como comentario cuando la preguntó con ansia su opinión.
Se casaron el 17 de septiembre de aquel 1911, en la iglesia Catedral de San Isidro, de Madrid, rescindió la corrida que debía torear en Madrid la tarde de su boda.
Pensó que sería bonito casarse por la mañana y torear por la tarde. Pero por complacer a su esposa no lo hizo.
( Continuará )