viernes, 21 de marzo de 2014

ENCASTE VAZQUEÑO ( CAPÍTULO I )




Cuando visiten Sevilla, tengan en cuenta el pasarse por la Iglesia del Hospital de la Santa Caridad, debajo del altar, en una cripta oscura podrán ver una lápida adornada con una calavera. Y allí descansan los restos de don Vicente José Vázquez, primer Conde de Guadalete, creador del encaste que hoy les traigo : Encaste Vazqueño.
Don Vicente José Vázquez y Adorna, Hermano Mayor de la Santa Caridad desde el 28 de dicienbre de 1812, cuando tenía 48 años.
Falleció el 11 de febrero de 1830, después de legar su gran fortuna a la Santa Caridad.
Existe una ley por la que todos los Hermanos deben dejar algo en herencia a la Hermandad.
Don Vicente José dejó todo a la Hermandad, sobre todo fincas. Algunas siguen vigentes otras se perdieron como la de La Rinconada. Era enorme. Dejo una herencia tan colosal, que existe en el Hospital un cuarto patio que lleva su nombre, y se le conoce como la Sala de los Vázquez.
El titulo de Conde de Guadalete lo heredó un sobrino José María Vázquez y Alcalá, que fue lo único que dejó a sus familiares.
Hereda don Vicente José la ganadería que tenía su padre el utrerano Gregorio Vázquez con unas 1755 cabezas de variadas procedencias en su mayoría de Benito Ulloa, algunas de Cabrera y Juan José Bécker.
Las de Benito Ulloa, eran fieras y pegajosas entre las que abundaban las de pelo berrendos, predominando los en negro ; de Bécker, con muchos pies y maliciosas, generalmente de pelo castaño, de José Rafael Cabrera, grandes y de pelo variado en sus pelos, sardo. berrendo en colorao o jabonero, y del Conde de Vistahermosa, distinguidas por su bravura y de pelos negros o cárdenos, pero a don Vicente los toros del cruce de su padre le saben a poco, y les faltaba la bravura de que hacían gala las reses del Conde, y lo primero que hizo fue transfundir a los suyos la sangre Vistahermosa, generalmente negros, cárdenos o colorados, más bien pequeños y de poco peso, recortados de pitones y escasos de poder, pero que eran bravos y prontos en todos los tercios, los que más recargaban en varas, creciéndose al castigo, y los que mejor se conservaban hasta la muerte, sin perder bravura ni nobleza.
Pero don Vicente que era contemporaneo de Goya, andaluz de magín bien despierto, propietario de ingentes caudales, personaje influyentón, negociante de perenne fortuna.... Todas estas cualidades y aun otras muchas que se podrían traer a colación, convienen en el vecino de Utrera don Vicente José, que fue un gran ganadero y, además un ganadero en grande.
Conservar el patrimonio que se recibe en herencia, es menos facil de lo que a primera vista pudiera creerse ; pero lo difícil es formar el patrimonio. Mantener en toda su pureza la casta de animales que nos entregan selecta, no es empresa sencilla ; sin embargo, lo dificultoso estriba en depurar esa casta. Y don Vicente José es un escultor de animales vivos, un alquimista de la sangre brava. En su retorta mezcla y combina el tamaño de los toros de Cabrera y aquellas sus buenas hechuras, la dureza de patas, la resistencia física, el poderío y hasta la chispa de malicia que tienen los pupilos de Bécker ; la fiereza, el nervio, el celo, la codicia de las reses del marqués de Casa Ulloa ; amén de nuevas cualidades, menos destacadas, que poseen otras puntas de ganado, también adquiridas por él...., y el resultado es el toro vazqueño.
Pero a pesar de todo, le falta un ingrediente, que es el de la nobleza hermanada con la bravura, dentro de un tipo de menos aparentar, lo cual es la nota característica de los toros del Conde de Vistahermosa, también avecindado en Utrera, predilecto de los picadores, que miran por la integridad de sus costillas, y del gran público, que ve en ellos la doble garantía de lucimiento de los lidiadores y cosecha de nuevos laureles para la divisa.
Sin embargo, las lógicas pretensiones del famoso criador no van camino del logro, y esa especie de piedra clave del complicado arco que es una ganaderia, parece que se va a quedar sin colocar. Ni la puesta en juego de valiosos empeños, las súplicas encarecidas y patéticas, ni el ofrecimiento de fuertes sumas.... Nada consigue ablandar el duro corazón del Conde, que se limita a decir que, igual gusto que puede tener don Vicente en adquirir sus vacas, tiene él en conservarlas en su poder.
Benito de Ulloa y Halcón de Cala, segundo Conde Vistahermosa, ni siquiera recibe a quien considera un plebeyo. Don Vicente pone en funcionamiento contactos, ofrece una verdadera fortuna por algunos animales y hasta consigue que dos duques intercedan por él.... Pero todo en vano. El Conde se niega a venderle nada.
Pero don Vicente no ceja y sigue dándole vueltas al asunto, o mejor dicho, buscándole las vueltas. Y un buen día sale del palacio arzobispal de Sevilla con una sonrisa de triunfo.
Cuando a oídos del señor Conde llega la noticia, que va cundiendo por la comarca, de quién es el que ha arrendado, en una cantidad alzada, por varios años, al arzobispo el tributo del diezmo que deben pagar los agricultores y ganaderos, queda el aristócrata pensativo y, cecijunto, exclama :
- ¡ Es mucho tesón el de don Vicente José !
Don Vicente compra al arzobispo de Sevilla el derecho de percibir los diezmos para él. De esta manera se convierte en el recaudador de la comarca y pide al Conde una entrevista, no a título personal sino en cumplimiento de sus funciones episcopales, y el Conde le atiende muy fríamente. Pero obligado por ley a ceder una parte de su bien más preciado, no le queda más salida que la obediencia.
Don Vicente consigue reproductores y reproductoras de Vistahermosa, los cría al margen de su propia vacada.
Hizo un proceso de selección consanguínea desechando machos y hembras que no soportaban las pruebas rigurosas del tentadero y sin destinar a la fecundación a las vacas del Conde sino a los becerros que obtuvieran una nota inmejorable.
Al cabo de unos años alcanzó un número de 150 vacas Vistahermosa, y es cuando procedió a la operación de mezclarlas con las demás que poseía, y a partir de ese momento no se preocupó ya de la procedencia de machos y hembras para su procreación por haber obtenido el objetivo propuesto al principio : bravura, nobleza y tipo.
Se asegura que don Vicente llegó a poseer 8000 vacas de vientre y 2000 toros, en 1818.
El toro vazqueño resultó un toro más bajo y más noble que el toro de Cabrera, pero más fuerte y grande que el de Vistahermosa el toro vazqueño era un híbrido perfecto. Don Vicente decía a sus colegas poseo - afirmaba sin modestia alguna, lo mejor que tiene cada uno de vosotros.




jueves, 13 de marzo de 2014

FRANCISCO VEGA DE LOS REYES "GITANILLO DE TRIANA " CAPÍTULO II




La ocasión se le presentó inesperadamente. Un novillo de media casta se desmandó, no lejos de Triana, cuando iba camino del Matadero, y en un lugar denominado " Los Gordales " fué alcanzado por un grupo de entusiastas discipulos de Juan Belmonte - Belmonte era entonces el ídolo de los trianeros - que se volvieron locos repartiendo mantazos alrededor de los hocicos del animalejo. Entre los aspirantes a fenómenos iban Francisco Vega de los Reyes y Joaquín Rodríguez, dos zagalones que pocos años después - convertidos ya en " Gitanillo de Triana " y " Cagancho ", respectivamente - iban a encontrarse más de una vez en los ruedos disputándose noblemente el paso.
Parece ser que Curro se olvidó pronto de aquella travesura - todos los testimonios coínciden en que el futuro " Gitanillo " dió unos capotazos sin arte ni gracia - para enredarse en otra mayor : se enamoró. El hombre tomó el amor demasiado en serio y, por consejo de su novia, se apartó totalmente de su casi inédita afición.
- Los toros, Curro - decía la mocita -, no dan más que disgustos.
- Pero..... mujer, si no hacen na.
- ¿ Qué no, verdá ? ¡ Acuérdate de José !
Porque en aquellos días no se hablaba más que de eso : de la muerte de Joselito en Talavera.
Pero un día se acabó el noviazgo y Francisco pensó, esta vez con plena conciencia de su deseo, hacerse torero.
Le guiaba la misma ilusión que a todos : el triunfo, el dinero, el halago de los aplausos, la fama.
Y así fué como el futuro " Gitanillo de Triana " acudió una mañana - en el invierno de 1923 - a la finca de Barbacena, donde el ganadero don Narciso Darnaude hacía su tentadero.
La presencia de algunos aficionados de renombre no restó ánimos a Curro. Al contrario, crecido ante tan componente concurrencia, el gitano quedó muy bien. Mostró tan buenas maneras y, sobre todo, tanta intuición en el entendimiento del toreo - apesar de que la becerra que le echaron no era muy brava -, cuantos le vieron pronosticaron su seguro éxito si perseveraba en su afición.
Pocos días después, en el tentadero de los señores Moreno Santamaría, celebrado en la   "Marmoleja" , volvió Curro a torear....... Y otra vez le acompañó la suerte.
Tanto, que aquella misma noche no se hablaba de otra cosa en las tertulias taurinas de Sevilla   "Angelillo de Triana " y un banderillero, " El Sargento " - testigos de la hazaña de " Gitanillo " -, se encargaron en dar publicidad.
- ¡ Qué cosa ! - repetían uno y otro -, ¡ Cómo torea ese gitano que se llama Curro !.
Las alabanzas de " Angelillo " y de " El Sargento ", llegaron a oídos de un veterano y competente aficionado, Domingo Ruíz, que sintió la natural curiosidad.
- Pero...... bueno, ¿ es verdad - preguntó a " Angelillo ", apenas le vió - que ese muchacho torea tan bien ?
- Eso.... no se pregunta. Se ve cuando se quiera.
- Pues por mi no va a quedar. Dentro de unos días tienta don Antonio Flores sus vacas en la dehesa del Prado, en Aznalcóllar. Allí le espero.
Y a la dehesa del Prado, fué Curro Puya. Era el 22 de abril de 1924. En plena feria sevillana.
Con el ganadero estaba Juan Belmonte, Antonio Cañero y Domingo Ruíz.
El futuro " Gitanillo de Triana " estuvo colosal. A la vaca que le echaron la toreó con tanto arte y tanta gracia que se metió en el bolsillo a los invitados.
- Si, señor - decía Juan Belmonte - ; ahí hay un torero de ... una vez.
- Que sabe lo suyo con el capote.
- Lo dicho..... ¡ Sobresaliente !
De regreso a Sevilla, por el camino, Juan Belmonte recordaba sus primeros tiempos, cuando él también pasaba por esos exámenes, y los entendidos sentenciaban, con aire de suficiencia.
- No está mal ..... Pero ¡ codillea un poco !
A Domingo Ruíz le convenció plenamente el toreo del gitano. De aquel muchachito delgado como un junquillo y verdinegro como los héroes de los poemas de García Lorca, podía salir un gran torero. Su misma indolencia - esa dejadez innata entre los " calés " - podía ser la nota personalisima de su arte. Porque " lo demás " - el sentido del toreo - lo llevaba dentro " Gitanillo ".
No lo había aprendido, porque había ido muy pocas veces a los toros. Había nacido torero, como había nacido gitano.
Prometió Domingo ayudar a Curro. Este, a su vez, ofreció obediencia.
- Yo hago - decía Curro - lo que usted quiera, don Domingo. Pero.... a ver si me saca usted pronto.
- No hay que precipitarse, hombre. Que todo se andará.
Y se anduvo. Domingo Ruíz hizo gestiones entre sus numerosas amistades, y logro un hueco para   "Gitanillo " en el cartel de una novillada que iba a celebrarse en San Fernando.
-¿ Tú eres de los que llegan !
-¡ Si el que está arriba quiere !
Porque " Gitanillo ", como trianero cabal, era un buen creyente. Desde chico profesaba sincera devoción al " Cachorro " y a la Macarena.
La novillada sin picadores y con el " Cádiz " como compañero de cartel de Gitanillo se anunció para el 18 de mayo de 1924.
El gitano fué con sus amigos a casa de Manfredi para alquilar el traje de torero.
- ¿ Cual te gusta más ? le dijo el popular Antoñito.
- ¡ Cualquiera !
- ¿ Este ?
- Bueno es ..... Para empezar no está mal. Antes de tres meses vendré con la " tela " para hacerme uno nuevo.
- Tu...... no necesitas eso. Cuando quieras lo dices y .... ya está. Después lo pagas como puedas.
( Continuará ).




jueves, 6 de marzo de 2014

PRELUDIO DE PRIMAVERA



 Hemos consumido un tercio del mes de marzo 2014, un preludio de primavera invade Encina Hermosa, cubierta de una gran tapiz verde salpicado de flores de colores.
En el inicio de la mañana las cigüeñas pescan con mucha agilidad en las lagunas. Los pájaros interpretan todo tipo de cantos. Las garzas vigilan las ranas de las charcas, este año tenemos agua para dar y tomar y se encuentran a rebosar. Las encinas y los alcornoques después de un invierno colmado de precipitaciones prestan robustez y buen color incluso parece que alargan más su larga vida, a lo lejos el canto monótono del cuco llena la dehesa de misterio y encanto y para el perfecto colofón aparece una cigüeña negra, siempre escasas y solitarías que marca un nuevo matiz en tan preciosa mañana.
Ante la eminente temporada taurina 2014, comienzan las Fallas de Valencia,, nos invade a los aficionados una honda preocupación, por la cada vez más perdída personalidad del toro, y por tanto nos encontramos con una año más lleno de sombras que de luces.
Hemos pasado a un toro cada vez más docil, más manejable, y sin poder decir que inofensivo, pero tan tratable que esa fiereza indomable que siempre le caracterizó en los ruedos y durante tantos años, hoy nos lo presentan sin esa fuerte e incomparable " emoción " que dió a la Fiesta ese aspecto cruento, no asequible a espíritus delicados, y con una gran posibilidad de riesgo que siempre fue tan cotizado y estimada por los espectadores.
En el circo no se aplaude igual al trapecista que ejecuta su trabajo con red protectora que al que lo realiza sin ella.
Hoy, los toros tienen red, y de aquí esa falta de " emoción " que vivímos cada tarde en los tendidos..
El toro - él solo y por si solo - es un gran espectáculo. En la plaza se reunen los dos.
Incluso parece que sin la reunión de los dos no hay nada. Pero no es cierto. Si suprimimos al torero, y el toro solo interesa. Ahí está, la desencajonada, el apartado de las doce de la mañana, donde el público paga por ver al toro solo, sin torero, en los corrales.
Por eso el aficionado tiene puestas sus esperanzas año tras año en el toro.
Pero si en las Plazas nos quejamos de la falta de " emoción " y del toro bobalicón, en las dehesas es impresionante comprobar diariamente las peleas del toro bravo.
Es un espectáculo emocionante y dramático a la vez, por el terrible choque de sus afiladas astas y las casí trágicas consecuencias del combate, este es uno de los espectáculos de más bárbara belleza e incluso de más intensa y sugestiva grandiosidad que se puede comtemplar.
En el ruedo nunca se advierte en un toro, por bravo que nos parezca la imponente gallardía y esa fiereza terrorífica de que dan muestras en las dehesas.
Cuando a diario se pelean, por cambios de tiempo, viento, etc, retumban los cercados tras el rabioso bramido de los rivales y el seco golpe de sus hachazos, ciegos de coraje; babeando espumarajos, de sus irritados ojos brotan relámpagos de fuego, la tierra tiembla y se remueve, las pezuñas levantan nubes de polvo, mientras algunos toros curiosos asisten al desenlace del cornudo duelo.
Ese preludio del combate, ante toda la manada agachan tuercen la cabeza mirandose de reojo, empinan la cola, mugen excitados, es un duelo a muerte entre dos o más toros en el que siempre existe vencedor y vencido.
Una masa, soldadas sus cabezas, avanza y retrocede, se afianza en los sitios más llanos, resbalando en las laderas, corren y se pegan con tanta velocidad que si llegan a una pared de piedra la tiran al suelo.
Trenzados los puñales que siegan atrozmente los rizos de la frente y el drama, el espantoso drama continúa, sin cuartel, sin tregua de ningún tipo, sin un momento de respiro.
Las astas por un instante quedan libres, otras derrotan al aire o en la carne, el aliento hirviente de los toros en esos momentos es espantoso, rendidos, jadeantes cosidos a cornadas, cobarde incluso moribundo, abandonan la lucha, huyendo a la espesura del cercado perseguido por un grupo de toros, mientras que el vencedor pavonea su triunfo para que se entere toda la manada, que él es el toro mandón, el más poderoso, el que quiere y puede imponer sus caprichos a los demás.
Y lo manifiesta diariamente mandando en la manada, en los comederos del pienso que recorre uno a uno sin apenas probar bocado con el único fín de que se retiren de los mismo a su paso. A la hora de beber tiene que beber el primero y hasta que esto ocurre no deja que ningún toro se acerque al agua.
Es tal el odio que tiene la manda hacía el toro " mandón ", que lo soportan, pero un día, como si se reunieran en concilio, van por él varios toros de los más fuertes y en la pelea de tres o cuatro contra uno, gana la mayoría.
Normalmente el aficionado piensa y opina - si se pelean tanto pues que los aparten, pero ello trae inmediatas consecuencias. Si los toros apartados para una corrida, alguno no se puede lidiar por cojera, etc, resulta muy complicado unirlo a otro grupo porque al desconocerse, se pelean de nuevo.
Los toros saben " guardar " y " esperar " ; en una palabra saben vengarse.
Es la gran preocupación del ganadero, que le den la triste noticia : " Cornearon a fulano y mengano quedó cojo y con un pitón roto,
En cuanto al toro perdedor al " abochornado " se retira solitario y es muy peligroso acercarse a él, pues es el único toro que se arranca en campo abierto.
Me viene en mente el toro " Campasolo " del marqués de Salas, era un toro cárdeno y careto, que era un asesino. En cuatro años liquidó a cornadas cuatro toros de su camada, una vaca y dos becerros.
De ahí la paciencia extrema del ganadero al tener que enfrentarse diariamente al terrible drama de las peleas de los toros.