viernes, 11 de octubre de 2013

LA VIDA ÍNTIMA DEL TORO EN LA DEHESA



Los toros en el campo siempre están rodeados de pájaros : milanos, grajillas, águilas, buitres, golondrinas, jilgueros, cigüeñas, espulgabueyes, etc.
Los espulgabueyes es el pájaro que tiene más contacto con los toros. Estas garcillas blancas se posan en su cabeza y lomo andando junto a ellos y buscan con sus agudos ojos los insectos que posados en los lomos de los toros, incluso las moscas y las garrapatas.
Si divisan una garrapata o una mosca las garcillas de forma hipnótica ondean la cabeza y de forma rápida disparan el pico, atrapando al pequeño chupador.
Los toros aceptan a los pájaros como espulgadores y vigías. Al menor movimiento sospechoso en el cercado, las garcillas se marchan con rapidez.
Incluso a veces se posan en los pitones de los toros cuando están adormilados.
Admiten a los vaqueros en sus caballos que los visitan varias veces al día y conocen sus voces, incluso al caballo que monta y, si cambia de montura, se recelan del cambio de caballo y lo encuentran sospechoso y empiezan a estar desconfiados.
Sin embargo un toro enfurecido ( por salír perdedor de una pelea ) embestirá al caballo del vaquero sin ningún tipo de contemplaciones con tanta saña que si lo alcanza lo puede rajar de arriba a abajo.
Los toros se pelean todo el año pero en primavera lo hacen con mucha más frecuencia ; la hierba fresca y abundante los pone fuertes y más excitables.
Además de las peleas por el liderazgo del grupo, los toros pelean también para defender territorios. La mayoria de los toros tienen terrenos individuales o querencias, áreas del cercado en las que se sienten más seguros. Cuando están dentro de los límites de sus querencias, les aumenta la confianza en sí mismos, la fuerza y el peligro. Si un toro echa de su querencia a otro en una pelea, una vez que llegan arrastrandose a terreno neutral, la riña parece estar más igualada.
Si varios toros comparten un cercado, los más débiles se amotinan a menudo contra el toro más fuerte, más grande, desposeyéndole de los previlegios de cabecilla. Si un toro protesta, incluso en su propio terreno, independientemente de su fuerza y tamaño, no tiene posibilidades contra dos o más toros, uno le bloquea los pitones y recula, el otro le ataca por el costado o por detras. El toro atacado no tiene otra alternativa que la huída.
A un toro desterrado el contacto con los otros animales se le hace pesado y desagradable.
Todos parecen incómodos con su presencia, lo echan de la comida, lo echan del agua, y le fuerzan a levantarse si se encuentra echado.
Le recuerdan constantemente que, aunque en una ocasión mandó, ya no gobierna.
Le echan al desterrado de su querencia y, mientras éste está parado a cierta distancia, lo desafian abiertamente escarbando en su terreno y revolcándose en su polvo.
Me viene a la memoria una mañana calurosa de primavera con una suave brisa que azotaba las ramas de las encinas y alcornoques en Encina Hermosa.
Estuve observando toda la mañana e incluso la tarde el comportamiento de los toros de un cercado sobre un toro desterrado que estaba con ellos y como lo presencié se lo cuento :
En la manada estaba un toro desterrado " Pañero ", de nombre, anteriormente había sido el líder de la misma, se encontraba en su querencia aislado del resto y cerca de la pared de piedra del cercado, en cuanto alguno se acercaba empezaba a gruñir, golpeando el suelo y clavando sus pitones salvajemente en la alta hierba, arrancándola y lanzándola por el aire.
El desterrado, levantó la cabeza y comenzó a llamar. Su llamada era el largo, alto y repetido bramido que, más que otra cosa, era la forma de decirles que él era antes el amo del cercado.
Le contestó el actual líder " Percalero ", de nombre, negro con un lucero en la frente, con unos gruñidos ásperos y entrecortados.
La manada avanzó hacía el agua con su líder en cabeza, el sol en todo lo alto calentaba de lo lindo.
Bebieron, algunos se restregaban por las orillas de la pared de piedra contigua a la laguna, cuando la mayoría de los toros había bebido se marcharon pastando al otro extremo.
De pronto " Percalero " entró en el terreno de " Pañero " el desterrado. Con mirada desafiante avanzaba       " Percalero ", despacio muy despacio con gruñido bajo y el desterrado se envaró ; sus musculos se flexionaron y estirarón, y sus patas se apoyaron rigidas en el suelo.
" Percalero " a sólo un par de metros de " Pañero ", que se envaró más aún en su ya forzada postura.
Estaban tan tensos que parecía que iban a saltar en pedazos.
" Percalero ", se revolvió contra el desterrado y comenzó la pelea. Golpeándose los cuernos, con los musculos en total tensión, se cubrieron de una nube de polvo que se levantaba de sus cascos. Otros toros se acercaban corriendo y berreando hacia la blanca nube polvorienta.
Rodearon a " Pañero " cuatro o cinco toros, intentando engancharlo échandole a la otra punta del cercado.
Al caer la tarde en plena puesta de sol el desterrado se encontraba de nuevo en su terreno. Mugía de nuevo y golpeaba el suelo con las patas llamando la atención del resto de los toros, de nuevo " Percalero " apareció y " Pañero ", permaneció inmovil, observando.
Se fué a beber agua " Percalero " y bebió tranquilamente sin quitar su mirada sobre " Pañero ". Tenía el hocico chorreando y brillaba con los últimos rayos de sol de la tarde.
De pronto resopló aire y agua por la nariz y comenzó a andar despacio hasta su enemigo.
Otra vez los dos toros estaban en posición estirada indicando el comienzo de la pelea.
" Pañero " con la cabeza levantada empezó a berrear.
Un grupo de toros vinieron corriendo como avisados por " Percalero "  y antes que llegaran " Pañero " tuvo que correr lo suyo perseguido por el pelotón al llegar al otro extremo levantó la cabeza desafiante.
El sol empezó a ponerse y la manada aprovechando el frecor de la noche empezó a pastar.
" Pañero ", aislado los miraba con rabia y rencor agitando los cuernos y golpeando el suelo con sus pezuñas a la luz del crepúsculo, pero al rato de nuevo se encontraba en su " terreno " su querencia.
Esa maniobra la realizaron muchas veces al cabo del día, pero el resultado siempre fué el mismo ; " Pañero " en cuanto podía volvía a su " terreno " su querencia.






sábado, 5 de octubre de 2013

RONDA...... Y SUS TOREROS ( CAPÍTULO III )



Pedro Romero nace en Ronda en la mañana del 19 de noviembre de 1754.
Todos los historiadores y cronistas taurinos de la época coinciden plenamente al afirmar que la figura de Pedro Romero ha sido la más ingente y gloriosa de la Tauromaquia, él tuvo el mérito de ser el primero.
Este mozo honradisimo de toda verdad, perteneció al linaje de una ilustre familia en cuyo seno se moldeó una de las dos grandes cunas del toreo, y su concepto del mismo es el reflejo de un carácter cenceño junto al de una recia personalidad.
El concepto del toreo de Pedro Romero estaba basado en la quietud y un templado talento, para lo que era necesario ser poseedor de valor, hombría y pundonor, así rezaba en una de sus viejas normas que quedaron esculpídas en los cimientos de la Tauromaquia, su obsesión fue saber si después de su último paseillo, su arte, el de Pedro Romero, lo aceptarían las nuevas generaciones, o si, por el contrario, moriría con él.
En el libro " Escenas Andaluzas ", su autor " El Solitario " describe a Pedro Romero, como un torero de alta estatura que le hacía dominar la fiera, ánimo y corazón a toda prueba, habilidad inagotable que le sugerían recursos en los mayores apuros.
Es con Pedro Romero cuando se empieza a hablar del arte en el toreo: el arte de Pedro Romero.
La regla fundamental del magisterio que dictó decía que " el torero no deberá contar nunca con sus pies sino sólo con sus manos ", lo que no imaginaba Pedro es que habrían de pasar más de cien años para que su regla se cumpliese y llegase la restauración de un viejo concepto rondeño que había sido apuntado por algún torero, pero nunca fué puesto en vigor.
De esta forma, de un don rondeño, un nuevo canon surgía en un mágico poder : EL TEMPLE.
Así el toreo de Juan Belmonte hizo realidad el sueño y el deseo de Pedro Romero ver la Tauromaquia convertida en un arte.
Juan Belmonte fué un torero trascendental, no sólo por la naturaleza de su toreo, sino porque entendió su designio, no como profesión, sino como una verdadera pasión artística.
La primera simiente para implantar y ver la Tauromaquia convertida en arte, la plantó su abuelo, Francisco Romero y Acevedo.
Pedro Romero deja bien claro un concepto de la Tauromaquia basado en la quietud, no correr jamas delante de los toros, el espada no debe saltar nunca la barrera, más vale una arroba de valor, parar los pies y dejarse coger, este es el modo de que los toros se descubran.
En cierta ocasión le preguntaron a Juan Belmonte :
Maestro, ¿ puede usted decirnos en que consiste eso tan cacareado que se le viene llamando temple ?
A lo que Juan Belmonte contestó :
- Tiene usted razón, joven. Se viene hablando mucho del temple, pero para templar primero hay que parar al toro en el ruedo, quien para domina.
Se deduce que Juan en sus declaraciones quiere decir que en la vida para afrontar cualquier tipo de situación primero hay que pararla, controlarla, fijarla, pero eso sí, parando los pies, como decía en sus normas Pedro Romero.
Pedro Romero tuvo como primer oficio el de carpintero de ribera. Su inclinación al toreo era inevitable por imperativo de ambiente y de sangre.
Su primera salida taurina fué en una fiesta organizada en Los Barrios por varios señores de Ronda. Contaba su padre Juan Romero que le dieron de gratificación ciento veinticinco reales, por matar los toros con acierto, en el segundo sufrió una cogida que, al romperle el calzón que vestía Pedro Romero, fué denunciante de la aventura ante su madre.
Era costumbre de Juan Romero al terminar la temporada de la lidia en Madrid y regresaba a Ronda, celebrar una función de toros gratuita, en acción de gracias por haber salido bien de la temporada de aquel año.
Le dieron permiso para su ejecución y mandó anunciar seis toros que le ayudaría a matar su hijo Pedro Romero. Vió Pedro Romero torear por primera vez a su padre, que mató el primer toro, cediendo los restantes a Pedro. Veinte días después, volvió a organizarse otra novillada a beneficio de la fábrica de la Iglesia Parroquial, entonces en obras. Mató seis novillos Pedro Romero con general aplauso. En 1771, cuenta Pedro con diecisiete años. Su padre, persuadido de sus aptitudes de torero, le lleva ya consigo como a segundo espada, y le cede los toros que por sus condiciones se prestan más al aprendizaje. Acude a Jerez de la Frontera, donde lidia tres corridas y donde por primera vez ve practicar la suerte de varas. Así terminó la temporada toreando como segundo espada en diversos pueblos de Extremadura y costa de Málaga.
En 1775 se presenta en Madrid, acompañado de su padre, y el 8 de mayo se le anuncia para matar cuatro toros. Vuelve a Madrid el siguiente año y se repiten sus buenos éxitos. Los aficionados no dudan en enfrentarlo con el máximo prestigio del toreo de aquellos días " Costillares ".
Se retiró Pedro Romero en la temporada de 1799.
En 1830, a instancias del conde de la Estrella, se funda la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, de la que había de ser apasionado protector el famoso asistente sevillano Arjona. La situación económica de Pedro Romero era precaria, pero nadie se acordó de él en ocasión de nombrar el personal técnico que había de dirigirla, bien por olvido, o porque habiendo cunplido setenta y seis años, juzgarían que no estaba en disposición de comprometerse a un magisterio activo.
Nombraron a su cuñado Jerónimo José Cándido director, y de segundo, Antonio Ruíz ( El Sombrerero ). Desde su retiro de Ronda, seguía Pedro Romero los trámites del asunto, y hubo de acudir a un hijo del conde de la Estrella que informó a su padre de los deseos del famoso diestro de presentarse de director.
Mandó Pedro Romero una carta al Rey, que le nombró maestro de la misma.
Fallece en Ronda el 10 de febrero de 1839, cuando contaba 84 años de edad, conservando hasta el final, el vigor y la gallardía que tanta parte tuvieron en su gloria taurina. Pedro Romero es uno de los toreros que deben quedar en la historia del toreo como ejemplo de valor y competencia.
La seguridad de Romero al matar recibiendo mereció el calificativo de infalibre.

 

Pedro Romero recibiendo un toro. Litografía de la Lidia de los años 1883 y 1885.





martes, 24 de septiembre de 2013

EL OCASO DE LA FIESTA



Cuando la temporada taurina 2013 da sus últimos aletazos los negros nubarrones que se cernían al empezar la misma, siguen sin disiparse.
Se conceden los trofeos y los indultos cada vez más injustificadamente, la bravura de los toros y el toro con    "emoción " anda cada vez más distante, todos los toros parecen iguales, pues no se someten a la prueba fundamental  " la suerte de varas ". " A los toros hay que verlos en el caballo ".Esa es la primera piedra de toque de la bravura.
La suerte de varas es muy necesaria pues con ella, bien realizada, se puede definir la bravura del toro, para normalizar la lidia, para aficionar al público hay que picar bien.
Cuando desapareció la lidia, con ella lo hizo el picador. Dejaron de ponerse los toros en suerte ; el público empezó a no soportar a los picadores, y en esa confusión, de la suerte de varas, todos los toros pasaban por el martirio de picarlos mal. Desde entonces se le quitó interés al toro y la corrida ha quedado reducida a la mínima expresión, el toreo de muleta.
La suerte de varas es la que decide si un toro es o no bravo, pretendiendo con ello su evaluación ; estando destinada a graduar la bravura y amoldarla a las condiciones de la lidia.
La bravura se identifica por tanto con la expresión visible de ella, la acometividad ; el animal bravo embiste cualquiera que sea su fortaleza.
Una res con poca fuerza y resistencia pero poseedora de acometividad expresará su bravura hasta el momento en que aquéllas le fallen.
Fuerza y resistencia. La conjunción de ambas produce una resultante que se mide en la suerte de varas.
Tal y como se concibe hoy la suerte de varas hace que un animal criado durante cuatro años, derrame su sangre sobre la arena, sin otorgarle la oportunidad de demostrar su bravura.
La suerte de varas tiene el cometido de disminuir las facultades del toro mediante la pérdida de sangre, que no siendo excesiva, pero sí suficiente para que el toro temple su embestida y se ahorme su cabeza.
Antiguamente, el picador al no tener peto el caballo, tenía que estar muy atento a que el toro no llegara con su cabeza al caballo y para ello tiraba la vara yendo de frente con el caballo, presentando el pecho de éste ofreciendo así el mínimo blanco y tratando de herír delantero, en el morrillo. Hoy con la ventaja del peto, raramente se ve picar en el morrillo, y se hace trasero ocasionando graves lesiones al toro.
En un estudio realizado de 124 puyazos tan sólo 56 lo fueron en lugar oportuno, el morrillo, y los 68 restantes fueron delanteros, traseros o caidos.
Dentro del morrillo del toro los elementos principales son el trapecio el romboides y el ligamento cervical, el morrillo es el lugar en el que tiene que actuar la puya cuando la suerte es realizada con pureza.
Cuando se pica por detrás del morrillo, en las agujas, aumenta considerablemente la posibilidad de afectar espacios intervertebrales, la pleura y a veces el mismo pulmón.
Castigar sin piedad en el primer puyazo como se hace ahora nos deja sin ver muchos toros bravos que salen a las plazas.
A los toros tenían que colocarlos sus matadores correspondientes, a todos sin ningún tipo de excepción, en una raya pintada en la plaza a una distancia prudencial del caballo, desde allí se iniciaría el primer puyazo muy dosificado. En los sucesivos el toro que hubiese pasado con éxito la arrancada al caballo se pondría más lejos. De esta manera el bravo irá al caballo y el manso cantará la gallina y entonces se quedará con el calificativo de manso.
Pero salvariamos que al bravo no le darían la lidia de ahora de cerrarlo de cualquier manera y masacrarlo en un puyazo privando al espectador de verlo venir galopando hasta el caballo.
Las rayas actuales que dividen los terrenos del toro y el caballo no la tienen en cuenta ni el director de lidia ni el resto de matadores y subalternos, no sirven para nada.
Pero como el aficionado es minoría en la plaza se baja cada vez más el listón de todo, pero la fiesta se encuentra en un punto donde no se le pueden sustraer más cosas.
No hay derecho que al toro bravo y al toro manso se les funda en un puyazo, por igual, pero el público lo acepta cada tarde con resignación y el matador de turno que podría evitarlo con meter su capote y sacarlo del caballo se desentiende y después ya tiene justificación si no llega con brio a la muleta.
Para los que se inician en tauromaquia les detallo la indumentaria del picador .
El sombrero se le llama castoreño y está compuesto por la moña y el barboquejo.
La chaquetilla o chupa, o chaleco, son semejantes a la de los toreros de a pie, siendo más anchas las hombreras por tener una armadura más fuerte y estar reforzadas por las coderas de las mangas y su forro embastado.
En la pierna derecha llevan una polaina de hierro llamada " gregoriana ", lo que defiende los muslos, a la de la pierna derecha se le llama " mona " y a la de la izquierda " monilla ".
La suela de las botas han de ser dobles o tiples algunos usan defensas de hierro.
La calzona de algodón lleva varios botones plateados en cada pierna.
Actualmente se pican los toros inutilizándolos para la lidia barrenando, reincidiendo en el puyazo buscando el agujero anterior, pican a toro parado y lo peor siempre tapando la salida injustificadamente.
Si se picara en el morrillo o a lo más en el borde posterior del mismo, zona rica en vasos que hacen desangrar y descongestionar al sistema vascular, muy recargado en esos momentos por la dureza de la lucha, el toro se recuperaría con ello, y seguiría la lidia en mejores condiciones.
¡ Señores aficionados ! :
¿ Tenemos que recuperar la suerte de varas ?.
Al hacerlo nos dariamos cuenta del poco caudal de bravura que alberga nuestra cabaña brava actual, y sin querer obligaría a los ganaderos a seleccionar sus ganaderías con vistas a la suerte de varas pues tendrían que pasar un duro examen en cada festejo.