miércoles, 31 de julio de 2013

IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS ( CAPÍTULO XV )



Como la cuadrilla de Domingo Ortega no ha podido ír a Manzanares, y como Sánchez Mejías no ha podido llevar la suya, elige, de entre los banderilleros, que allí le ofrecen, Chiquito de la Audiencia, Cástulo y a Francés.
Con todo esto el espada anda muy preocupado, y hay un momento en que está a punto de renunciar a tomar parte en la corrida.
Antonio Conde, el mozo de espadas, le dice :
- Pero Ignacio, ¿es que ahora te vas a " rajar " ? Eso no se puede hacer.
- Tienes razón - confiesa Sánchez Mejías.
A la hora del sorteo del ganado, como Ignacio no tiene allí a nadie de su cuadrilla saca personalmente los números de los toros que ha de lidiar. El primero es el nº 16. El segundo el nº 10.
Es la primera vez, en toda su vida de lidiador, que Ignacio aventura su mano en la suerte de los lotes de ganado. La fatalidad está rondándole en todo el proceso de esta función.
El viaje de Madrid a Manzanares lo hicieron en un coche que " Dominguín " apoderado de Ignacio y de Domingo Ortega le tenía preparado.
En la Estación de Atocha, Ignacio compró el ABC y a punto de cruzar el rio Manzanares para tomar la carretera de Andalucia le pregunta a los banderilleros de su accidentada cuadrilla.
¿ Y de quien son los toros ?
De Ayala.
En un margen del periódico apuntó el nombre de la ganadería, que era totalmente desconocida para Ignacio.
- Es la primera vez que toreo en Manzanares - indicó a sus compañeros de viaje. Convendría que fueran ustedes apenas lleguemos..... a ver cómo está la enfermería.
Caía sobre Manzanares un sol del feroz agosto de " las calores ".
Ignacio se instaló en el Parador en la habitación número trece reservada para Domingo Ortega.
No le hizo mucha gracia el númerico. Enterado que Alfredo Corrochano, su buen amigo, estaba aún durmiendo subió a despertarle.
- ¿ Qué haces tú aquí, hombre ?, le saluda el joven espada.
- Vengo a torear en lugar de Ortega que ha tenido un accidente. Con que ..... ¡ arriba ! Y prepárate porque te voy a dar un repaso que ya verás.
Desayunaron juntos - Ignacio un bisté y un café y conversaron sobre la corrida.
La ganadería de don Ricardo Ayala procedía de un cruce de sementales del Conde de la Corte con vacas del duque de Veragua.
La Plaza de Manzanares reformada en 1929, tenía un aforo de diez mil localidades.
El cartel del día 11 de agosto de 1934, toros de Ayala, el rejoneador Simao da Veiga, espadas Sánchez Mejías, Armillita y Alfredo Corrochano.
El primer toro de Ignacio, el nº 16, Granadino ; negro bragao, corniapretado y el más bonito de la corrida, faltaban pocos minutos para las cinco de la tarde.
Ignacio no quiso poner banderillas.
Tras el brindis rutinario, pidió a su peón Cástulo que situase al toro en el tendido dos.
Los testigos de la corrida afirmaban que Ignacio estaba tranquilo. Cito, al toro, con la muleta en la mano derecha, sentado en el estribo. Era un pase normal en su repertorio que resultaba siempre impresionante, si la res tropezaba con el torero, éste no tenía escapatoria. El primero pasó bien, pero rozó al espada con los cuartos traseros. El segundo muletazo resultó menos apretado y a la salida el toro quedó más abierto. Al entrar en el tercer pase Ignacio consiguió salvar las afiladas astas de Granadino pero el animal con la mole de su cuerpo le atropelló y le lanzó contra el callejón, y revolvióse Granadino alargó el cuello, hizo por él y le metió una cornada - " una cornada de caballo "- en el muslo derecho.
Ignacio se agarró al cuerno asesino, pero no logró soltarse.
Quedó colgado y así salió hacia las afueras. Le hizo el quite Alfredo Corrochano. Cuando Antonio Conde y los banderilleros se llevaron a Ignacio a la enfermería se vio en el suelo un impresionante charco de sangre.
Decía Alfredo Corrochano, - como si Granadino le hubiera hundido el pitón a un jaco en mitad del pecho.
El toro pasó a la jurisdición de Armillita, mientras aquel se acercó al borde de la barrera para advertir a sus peones.
Decidles a los médicos que taponen la herida como sea.... y se lo lleven a Madrid en un coche.
Camino de la enfermería, el matador, con la muerte reflejada en la cara, le había dicho a su mozo de espadas :
Se acabo Antonio ; esto se acabó.
Alfredo Corrochano, apenas pudo, fué a la enfermería.
Encontró al herido recobrado y sereno. Le recomendó :
- Y tú..... ¡ a Pontevedra ! No te preocupes por mí.
No podemos dejar a Dominguín el problema de dos sustituciones.
El ganado de Ayala dio tan excelente juego que hasta se pidió, al termino de la corrida, la comparecencia del ganadero, don Ricardo Ayala.
Ignacio vestía aquella tarde un traje azul y oro, y antes de iniciar el paseillo le saludo un portero que era tuerto, detalle que le produjo cierta contrariedad al torero.
Los facultativos de Manzanares reconocen que el estado del herido es muy grave. Hablan de una operación inmediata, sin dejar de atender el pulso tan débil del torero.
Ignacio no quiere ser operado. Lo que quiere es que se le lleve enseguida a Madrid.
( Continuará )





martes, 23 de julio de 2013

IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS ( CAPÍTULO XIIII )



La escritora había venido a España a dar una conferencia en la Universidad Internacional de Santander.
Sánchez Mejías toreó el 5 de Agosto de 1934 en el coso santanderino, Marcelle sin llamar la atención acudió a verle por primera vez en una corrida. Aquella tarde Ignacio realiazó una faena temeraria a un toro de Coquilla. Alternaron con él Victoriano de la Serna y Félix Colomo. Ignacio cortó 4 orejas y un rabo. Marcelle se hartó de aplaudir al torero, quíen, al final de la lidia, la descubrió en el momento de abandonar su localidad.
Por señas quiso Ignacio transmitirle su deseo de encontrarse con ella. De haberla visto antes le hubiera brindado un toro.
Marcelle debió de quedar muy afectada por la muerte del torero y volvió a Francia. Murió en 1.982.
Se ha dicho incesantemente que Ignacio era un hombre negado para hacer poesía. Se argumentaba, que admirase tan profundamente a quienes, ante una cuartilla en blanco, eran capaces de movilizar su inspiración y escribir un poema. Pero no es así. Su natural talento le permitía probar fortuna también en la parcela de la poesía. Es seguro que se perdieron muchos versos del fabuloso Ignacio que improvisaba en la servilleta de papel de una venta, sobre el mármol de una mesa de un café.Sólo se conserva una breve composición poética escrita al dorso de una fotografía suya, obtenida el día de su reaparición en Cádiz el 15 de julio de 1934, en la misma aparece el diestro, saludando al público, y a sus pies yace el toro derrumbado.
Según su hija, esa foto formaba parte de una colección. Fue su hija María Teresa ( Piruja ) como la llamaba Ignacio, la solicitante de un autógrafo. Ignacio tomó la pluma y , sin pensarlo mucho, improviso un verso a su hija que decía :
" Diez mil toros mataría
para labrarte un camino
de alegría.
Diez mil toros mataré
para que nunca sepas lo que sé.
Que en la vida Pirujita,
tan bonita,
se esconden por las esquinas
todas las malas partidas
de la vida,
y sería mi suerte mala
si no te entrego a los pies
como esta muerte matada,
tu tristeza, atravesada
por mi espada."

Por cierto Piruja, falleció en los primeros días de Noviembre de 2012 y fué enterrada en el panteón familiar junto a su padre, su madre, su hermano, su primo y tios. Descanse en paz.
Existe una anecdota, por conocida no es menos curiosa, y revela mucho del carácter de uno de los toreros más inteligentes que han pisado los ruedos del pasado siglo, su carácter, arrogante y retador, no le ayudó a granjearse las simpatias del público.
Murió en Manzanares de éso : de valor. Y valor tuvo Ignacio al brindar su primer toro en una Feria del Pilar :
Brindo por la Virgen, pero no por la del Pilar, sino por la Macarena, que es la mía.
En la plaza se armó la de San Quintín.
Ha menospreciado a la Pilarica, gritaba el público de Zaragoza, justamente enojado.
Antonio Conde, el fiel mozo de espadas de Ignacio, que acostumbraba contar a don Gregorio Corrochano las incidencias de la corrida, le puso al cronista de A.B.C. este telegrama : " Ya sabrá usted lo ocurrido en Zaragoza. Es que ya exponemos hasta en los brindis. "
Cuando Ignacio decide volver a los ruedos, en Cádiz tenía cuarenta y siete años. Llevaba más de seis apartado de los ruedos. Rafael Albertí, algunos años después decía que Ignacio no estaba en condiciones de asumir el riesgo de la lidia. Pero la llamada del toro en medio de la arena con sol tenía para él, seguramente, mucho más atractivo que las fingidas luces del teatro, al que había estregado con pasión los años de su retirada. Y hacia allá fue, derecho, fascinado, camino a aquellas cinco en punto de la tarde que le harían derramar su sangre para siempre.
Su amigo José Bello, afirmaba cuando le ví tan ilusionado le animé y le ayudé, fué más que un hermano para él, no pudo torear en la feria de Julio de Valencia por los entrenamientos agotadores quebrantaron la salud de Ignacio, motivo por el que comenzó en Cádiz.
Torea la corrida de Cádiz y la de San Sebastián, Santander, La Coruña y la de Huesca.
Y al terminar su actuación en Huesca le llama la empresa de la plaza de Manzanares, en el que le piden que vaya a tomar parte en la corrida del día siguiente, en sustitución de Domingo Ortega, el cual sufre una lesión en un pie a consecuencia de un accidente de automóvil. A Ignacio no le agrada la proposición. Hubiera querido descansar en esa día libre, entre el regreso del viaje a Huesca y el de la ida a Pontevedra donde tenía firmado su próximo contrato. Pero, por fín, se decide ir a Manzanares, y así lo comunica a la Empresa, a la que pide que Ortega envie su cuadrilla, con el fín de evitar la complicación que supone desplazar a su gente a Manzanares y luego hacerle ir a Pontevedra. Esto no es posible ponerlo en práctica porque la cuadrilla de Ortega sabiendo que en varios días no ha de torear anda dispersa. Y aquí empiezan ya las contrariedades de Ignacio en torno a la corrida de Manzanares.
El toreo sale de Huesca en automóvil con su apoderado y el mozo de estoques. El coche sufre una avería al llegar a Zaragoza y no pueden continuar el viaje por carretera.
El espada y su apoderado, esperan el paso del expreso de Barcelona a Madrid, para ir a Manzanares. Cuando llegan al punto de destino habla Ignacio con Simao da Veiga, que va a rejonear en esa corrida, para rogarle que haga su actuación en dos partes, antes y después de la lidia ordinaria, con el fín de que él, pueda salir a tiempo de la plaza para hacer el viaje en expreso a Pontevedra.
El rejoneador le impone la imposibilidad de acceder a esto, porque él también tiene que salir pronto de la plaza para embarcar sus caballos.
( Continuará )






domingo, 14 de julio de 2013

IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS ( CAPÍTULO XIII )


Ignacio Sánchez Mejías, acepto la presidencia provincial de la Cruz Roja sevillana, era hijo de médico y muchos colegas de su padre le incitaron a colaborar con una entidad benefactora que acogía a tantos sevillanos sin fortuna.
A poco de instalarse la República caducó el plazo de la oferta hecha por Ignacio al Estado para la venta de los terrenos de la finca de Hernán Cebolla, próxima a Pino Montano para hacer allí la 
" terminal " de los vuelos transoceánicos de los dirigibles.
Se había creado incluso la compañía explotadora de esa línea, en principio Sevilla- Buenos Aires, y para las finanzas de Ignacio aquella operación era un saneado y lícito ingreso.
En un momento difícil para la economía española, todo aquello de los dirigibles y de su base sevillana sonaba a despilfarro.
Don Indalecio Prieto, ministro de Hacienda, intervino :
Bueno, quizá haya algún señorito andaluz que pueda sentirse perjudicado. Esa finca pertenece a un torero, Ignacio Sánchez Mejías.
Se acordó no comprar el trozo de Hernán Cebolla.
Enterado Ignacio de lo del " señorito andaluz ", montó en cólera y le mandó una carta a don Indalencio Prieto que le contestó en unos días dandole las razones que habían obligado al Estado a renunciar a la adquisión de aquellos terrenos. Sánchez Mejías se dió por satisfecho.
Al morir en Madrid el poeta Fernando Villalón, y existiendo una buena amistad con Ignacio, acudió el mismo a dar el pésame a Concha Ramos, la compañera de Villalón para ofrecerse si necesitaba algo, en un testamento ológrafo, instituye como única heredera de toda su herencia a Conchita, que en esa hora triste sólo piensa en la pobreza que le aguarda. ¿ Qué hará ella con los libros y los cuadros de ¿ Murillo ? que llenan su piso de la avenida de Reina Victoria, último hogar madrileño del conde de Miraflores de los Ángeles. Ignacio, que acude a verla acompañado de la Argentinita, comprende la situación de la pobre mujer.
¿ Que puedo hacer por tí ? ¿ Que necesitas para salir de este trance, Concha ?
No sé, no sé.
¿ Te parecen bien sesenta mil pesetas ?
Bueno.
En aquel tiempo esa cantidad representaba una fortuna. Concha entrego al amigo la biblioteca entera de Fernando Villalón. Ignacio llevó todo al piso de la calle General Arrando, a casa de Encarnación López, de esta manera se salvó tan importante legado.
Ignacio conoció a Marcelle Auclair, era una escritora francesa, de origen chileno. En la revista parisina Marie Claire mantenía con renovados éxitos un consultorio sentimental. En sus años de dedicación a la literatura publicó dos biografías : una dedicada a Santa Teresa de Jesús, otra a Federico García Lorca, a quien conocio casí a la vez que a Ignacio. En los años treinta visitó varias veces España. Le atraía la fiesta de los toros.
Aunque nunca pensó, hasta conocer a Ignacio, que podría enamorarse de un torero. O de un extorero, porque por ese tiempo Ignacio " no ejercía ".
Marcelle contaba así su primer encuentro con el torero, en la primavera de 1933, en casa del poeta y profesor Jorge Guillén :
En Madrid, a punto de salir para Andalucia, en un viaje preparado por García Lorca, nos vimos por primera vez, Federico había colocado su nombre en una lista de gente que era preciso ver. Decía el poeta granadino que Ignacio era el andaluz por excelencia.
García Lorca les había regalado la lectura de su drama Bodas de sangre. De pronto, se abrió una puerta y entró un hombre muy moreno, macizo, con ojos como brasas. El grito fué unánime :
¡ Ignacio ! Saludó a sus amigos con grandes abrazos. Y explicó que estaba en Madrid, para comparecer como testigo en un proceso.
Cuando divisó a Marcelle se detuvo en seco y muy ceremonioso vino hacía ella. Después de la presentación se sentó a su lado.
Cuando estaba a punto de deshacerse la tertulia, el torero le dijo a Marcelle :
Una mujer como tú es lo que a mí me ha recomendado el médico " para todos los días de mi vida ".
Ella Federico e Ignacio anduvieron aquella noche por los itinerarios divertidos de Madrid.
La atracción relataba Marcelle era tan violenta que sentí miedo. No era una relación sencilla. Él estaba casado, y además rendido galán de una artista muy conocida, celosa, como una tigresa. Federico, cuando sospechó el secreto idilio comento : Si pasa alguna cosa entre Marcelle e Ignacio, Encarnación los matará a los dos.
Era lo que faltaba para componer " un cuadro español "
Marcelle, en un libro escrito treinta años después se ocupaba de Ignacio y de su mortal percance en Manzanares.
Escuchó la primera versión de la cogida y muerte del torero, de labios de los amigos de Ignacio, en Santillana del Mar, donde se hallaba aquel verano de 1934.
( Continuará )